Expreso Apocalipsis

El autobús estaba detenido a un lado de la carretera como una gigantesca ballena en reposo. Era una tranquila tarde de junio, y algunos turistas nos deteníamos en este punto del paisaje para improvisar un encantador momento Kodak que tenía como fondo a esta unidad de la Empresa de Transportes Apocalipsis. Bajé del auto e hice clic ante ese noble protagonista de la realidad nacional convertido ahora en atractivo turístico.

La Carretera Central, que comunica a Lima con varias provincias de los Andes, tiene una historia de horror que se actualiza sobre todo en las fiestas de guardar cuando los autobuses caen a los precipicios y cientos de personas mueren para gloria de las primeras planas de los diarios. Uno de los instrumentos de este involuntario método de control demográfico es la Empresa de Transportes Apocalipsis.

El Apocalipsis es ese capítulo de la Biblia que describe cómo moriremos. Allí termina la historia de la Humanidad en medio de un Holocausto lleno de fuego, bestias y horror. Algunos autobuses de la Empresa de Transportes Apocalipsis han terminado emulando ese final en algunas de las curvas de la Carretera Central. Vayamos a la Biblia nacional, como debería comenzar a llamarse al diario Trome (el de mayor lectoría en habla hispana): “Mueren tres al caer bus al río”. “Fallecieron el chofer Víctor Inga Taipe (67) y dos mujeres. Varios heridos denunciaron falta de atención médica, porque la empresa no presentó seguro contra accidentes”. Apocalipsis.

¿En qué pensaban los propietarios cuando decidieron ponerle ese nombre a su compañía? ¿Acaso fue una elección del demonio? ¿Alguien cerró los ojos y decidió usar el nombre del capítulo de la Biblia donde cayera su dedo bendito? El Ministerio de Transportes del Perú, que cada año elabora una lista de las empresas que más accidentes tuvieron, advierte que Apocalipsis se ubica en el puesto 39. Muy por delante se encuentran las compañías Ave Fénix (¿renacen sus vehículos de las cenizas?) y Ángel Divino.

Tal vez las explicaciones se encuentren en otro plano de la realidad. Se sabe que La Oroya, por donde cruzan estos vehículos, es una de las ciudades más feas y contaminadas del país. La descontrolada actividad minera le confiere al lugar el aspecto ideal para grabar una película donde todos mueren: la construcción más elevada es una chimenea tan grande como la torre Eiffel pero tan fea como un tubo de alcantarilla, el cielo es plomo rata, los cerros son gigantes salpicados de suciedad industrial. En ese medio ambiente irreal florecen muchas cosas extrañas. Una de ellas puede ser un restaurante llamado “Shit”. Por alguna razón, esa tranquila tarde de junio en que pasé por allí, el local estaba vacío.

Sólo me detuve a tomar una foto como prueba de que estas cosas existen. El Apocalipsis ya venía a toda velocidad por la autopista.

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