Burger periodismo

 

Un día me presentaron a uno de los ideólogos de la no lectura. Había trabajado los últimos diez años en revistas o suplementos donde los textos tenían menos información que la envoltura de un chocolate.

Su último logro era haber transformado la revista más leída en su país en una revista de textos enanos. Era un hombre poderoso. Una especie de rey Midas al revés. Todo lo que tocaba se convertía en chatarra, y yo encontré la manera de no darle la mano. Hoy me enteré de que su revista cerró. Estuve a punto de enviarle un mensaje de condolencias, pero comprendí que el mensaje era muy largo. Le alivié la tortura de leerlo y lo borré.

Está de moda. Muchos editores de diarios y revistas dicen que la gente no lee. O que lee cualquier cosa. O que no tiene tiempo para nada y que por eso hay que darle textos enanos. Y lo hacen.

Si esta tendencia se trasladara al mundo de la cocina, los cocineros serían profetas de la basura. Dirían que la gente no come bien, o que come cualquier cosa porque no tiene tiempo y que, por eso, hay que ofrecerle sólo comida rápida. Pollo frito con papas y mayonesa. Tal manera de pensar mataría no sólo a la alta cocina, sino a la cocina popular, de huarique, que está hecha con paciencia y con el ideal de que el comensal disfrutará cada gramo tomándose su tiempo. Por suerte, en la cocina reina la idea de que el comensal es un dictador exigente y que su felicidad es una de las cosas más sabrosas de la vida. No se trata  de una imagen romántica, sino de un hecho corroborado por los contadores de los restaurantes: cuando un local hace felices a sus clientes también produce dinero.

Un día el cocinero inglés Gordon Ramsay se lo explicó de manera más sencilla a uno de sus empleados. El muchacho estaba preparando con desgano un platillo sin darse cuenta de que estaba en un local de tres estrellas. Ramsay se acercó y le gritó con toda la fuerza de sus pulmones: “Cocina como si tú fueras el comensal”. Luego, por supuesto, lo despidió.

Pocos editores les dicen eso a sus periodistas: “Escribe como si tú fueras el lector”. Pocos editores despiden a sus periodistas. Pocos empresarios despiden a sus editores por el mal gusto de su trabajo.

La creencia de que el lector no tiene tiempo para consumir historias de más de doscientas palabras está matando a los diarios y revistas que practican esa fe. El periodismo, en manos de los editores que piensan así, es un producto para alimentar a ese hipotético lector perezoso y apurado. Una especie de comida chatarra para los ojos. El director de Periodismo de la NYU, Robert Boynton, aclara: esos lectores hace rato que ya se fueron. Los lectores de notas cortas viven hace mucho tiempo en la internet. ¿O no? Ni siquiera tienen tiempo de comprar diarios o revistas.

¿De verdad el lector está tan apurado? Boynton dice: algunos sí, otros no. No existe un sólo tipo de lector. Está el ocioso, el omnívoro, el selectivo, el quisquilloso, y tantos más. ¿Pero por qué las encuestas de lectoría agrupan a todos bajo la misma categoría? LECTOR. Sin matices. Quién sabe. Incluso el lector ocioso durante el día puede ser un un lector hambriento durante la noche, cuando llega a casa, o el fin de semana, cuando no hace nada. Las personas tienen prisa, sí, pero sólo cuando hacen cosas que no producen placer. Tienen prisa cuando caminan en las avenidas, cuando conducen, cuando van al banco. No tienen prisa cuando van a la peluquería, o cuando les hacen un masaje o cuando alargan hasta el peligro las sobremesas del almuerzo. Las cosas que producen placer siempre logran que las personas más apuradas pierdan la noción del tiempo. O, en todo caso, obligan a los apurados seres humanos a inventar minutos para disfrutarlas. En las revistas y en los diarios, por ahora, sobran los vendedores de fritangas y hacen falta buenos cocineros.

Toda compra está sujeta a una valoración especial. Igual que el comensal, el lector también es un dictador. Si algo no le sabe bien, no volverá a comprarlo. El periodismo chatarra sazona su propia crisis y se lleva consigo a los diarios y revistas que decidieron rendir culto al no lector. Caparrós, 2004, se sorprendía: “No abundan los músicos que componen para sordos, plásticos que pintan para ciegos, pero sobran los medios gráficos que limitan la escritura al mínimo posible”. Ahora, 2011, el profesor Boynton adelanta un profecía: en el futuro inmediato sólo sobrevivirán dos formas de periodismo: el de notas cortísimas, buenas para el iPhone; y el periodismo de historias largas, documentales, buenas para leer en papel o en el iPad o un Kindle, con paciencia de gourmet. “Todo lo que está al medio”, añade, “desaparecerá”. Mientras eso ocurre, el dueño de un kiosko de revistas cerca de mi casa me explica su estrategia: “Por ahora gano más dinero desde que vendo golosinas”.

 

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