Mujeres que se llaman cicatriz

Toda persona es una suma de cicatrices.

Rosa era una reclusa de un penal de Lima que tenía una cicatriz muy grande que le cruzaba la mejilla derecha. La huella era tan escandalosa como un signo de exclamación en su rostro. Ella tenía trece años cuando un hombre la marcó para siempre con una navaja. Él quería tener sexo. Ella no. Él le cortó la cara. Ni siquiera eran novios. Rosa nunca consiguió un trabajo debido a la cicatriz, nunca un hombre guapo se fijó en ella debido a la cicatriz, nunca pudo verse bonita debido a la cicatriz. La única manera de librarse de esa marca, me contó, era hundirse con frecuencia en algún fumadero para drogarse hasta alcanzar ese estado en el que la belleza o la fealdad de las cosas depende de cuán drogado estás. Cuando conocí a Rosa, ella llevaba un par de años sin drogarse y, durante ese tiempo, un grupo de testigos de Jehová del penal le había enseñado a ir por la vida sin ocultar el rostro. Ella estaba muy orgullosa de su nueva vida y decía que no volvería a fumar. Al despedirse me ofreció la mejilla maltrecha.

Un ermitaño que detestaba a la gente y que vivía en una playa solitaria de Lima, me mostró el brazo derecho cuando le pregunté si alguna vez se había enamorado. En esa extremidad gruesa y musculosa, una gran cicatriz se estiraba con arrogancia a lo largo de diez centímetros, y parecía la carátula de una novela triste. Alguna vez una mujer acompañó a ese hombre en su locura de vivir lejos del mundo. Vivieron juntos algunos años. Ella se aburrió de él, de comer pescado todos los días, de no tener hijos. Un día se fue. Ese día él tuvo la tentación de salir al mundo para buscarla. Pero se controló cortándose el brazo. Pasó la noche conteniendo la hemorragia. Años después, el pescador veía su cicatriz como quien lee el título de una carta maldita. Luego, apartaba la vista y, con rencor, decía: “puta de mierda”.

Los tatuajes también son cicatrices que las personas se hacen por propia voluntad. Los exhiben durante un tiempo. Luego se avergüenzan de ellos como si les recordaran malos episodios de su vida. A veces no tanto. Hay modelos que se borran los tatuajes para dar inicio a una nueva etapa de sus vidas. El cuerpo es un papel y la cirugía de las marcas es la manera más cercana de volver a tenerlo en blanco. Limpio. ¿Sirve de algo borrar las cicatrices?

Hay una belleza poco reconocida en las cicatrices que la vida va escribiendo sobre un cuerpo. “Mi cuerpo me cuenta”, escribió una vez la poeta libanesa Houmana Haddad, y a continuación enumeró algunos capítulos de su biografía: una cicatriz en el labio inferior que se hizo a los dos años cuando cayó sobre un vidrio roto; los puntos que le dejaron bajo el vientre dos cesáreas sucesivas; un tulipán que, siendo joven, ella tatuó en su nalga derecha. Todo cuerpo es un cuaderno que hay que aprender a leer con paciencia.

Un cuerpo sin cicatrices aburre. Sólo es una farsa que se interpreta para la candidez del espejo. O, peor, el producto de una vida triste y sin aventura.

Desde ayer tengo un nuevo prospecto cicatriz. No es el resultado de una gran aventura sino la inexperiencia de un ciclista en las calles de una ciudad inusualmente lluviosa. Iba a toda velocidad por una bajada en curva. Resbalé dos metros y sólo conseguí frenar con ayuda de mi codo derecho. La herida que me hice allí es grande, roja y atrevida. Toda un novela en potencia.

 

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