Ciro Castillo y el Príncipe de Persia

Los eruditos sobre celebridades intentan averiguar desde hace casi dos años cuál es la estatura real del actor Jake Gyllenhall.

Él ha protagonizado algunas películas malas, como El Príncipe de Persia, pero nada ha motivado tantas críticas en su contra como la verdad sobre su tamaño. Su página web oficial dice que mide seis pies, pero la prensa especializada duda de esta información. Un día alguien se paró cerca de él en una fiesta y lanzó la primicia: yo mido 5,8 y Gyllenhall sólo una pulgada más, dijo la fuente anónima. Desde entonces, los reporteros inspeccionan archivos, estudian fotografías, recogen más testimonios. La página web CelebrityHeights resume los avances en once páginas de evidencias.

En seiscientos días transcurridos desde el inicio del rumor, Estados Unidos encontró a Osama Bin Laden, un terremoto activó los reactores nucleares de Japón, el dictador de Libia murió como un hoollygan en manos enemigas, pero ningún reportero ha podido averiguar la verdad sobre Gyllenhall. El actor tampoco ha querido dar una conferencia para apaciguar la ansiedad de los periodistas. Quizá le provoque un comprensible gozo.

Los titulares, los posts, los tweets y los enlaces sobre su estatura se amontonan en la Internet como basura en el ciberespacio. Es un tipo de periodismo.

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A veces los periodistas se obsesionan con ciertos temas. Allá es el actor de Príncipe de Persia. Acá un drama familiar.

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Una pareja de estudiantes fue de excursión a un cañón de los Andes y se perdió. Ella apareció diez días después. Él no. En las semanas siguientes, 28 millones de personas empezaron a tener la sensación de que algo más extraño que la desaparición había ocurrido allí. No existía ninguna certeza, pero sí muchos periodistas.

Los televidentes tomábamos el desayuno mientras conocíamos los detalles: la muchacha tenía un niño pequeño, estaba tomando antidepresivos, tenía un carácter voluble. Quizá pelearon durante el viaje. Quizá ella lo golpeó. Quizá fue con una pala. Quizá él cayó.

O quizá no cayó. Tal vez ella no lo golpeó. Tal vez ni siquiera pelearon.

Los días pasaban, las estaciones se sucedían (verano, otoño, invierno, primavera), un gobierno terminó, otro comenzó, pero la noticia más importante era lo que no ocurría en aquel cañón: el muchacho no aparecía. La acompañante tampoco confesaba, aunque nadie sabía bien qué era lo que debía confesar.

Los periodistas producían pistas importantes. Las conocíamos en la radio, en los titulares de los diarios, en la televisión. Un día un reportero descubrió oro en polvo. Un mensaje de texto. «Precioso ‒le había escrito la muchacha a su enamorado perdido‒, quiero romper el catre contigo». Aquella frase circuló con la seriedad de un perfil psicológico, y confirmó dos cosas: 1) la historia era un monstruo en potencia; y 2) es recomendable borrar cuanto antes los mensajes que le envías a tu pareja.

Durante doscientos tres días, los peruanos llegamos a casa, calentamos la cena, encendimos el televisor, y comimos mientras la historia evolucionaba. La madre del muchacho lloraba ante las cámaras, el padre exigía a la policía que no dejara de buscar a su hijo, la muchacha respondía las preguntas pero no confesaba lo que los periodistas querían. Parecía estar bajo los efectos de los ansiolíticos que tomaba. Los presentadores de la televisión, por su parte, parecían estar bajo los efectos de una droga que acrecentaba su falta de imaginación. De tanto contar la misma historia ‒con la misma información, con los mismos personajes, con las mismas dudas‒ terminaron aburriendo a su público más cautivo: sus propios colegas.

Algunos periodistas propusieron en Facebook celebrar un día sin noticias, hartos de lo que llaman «el circo mediático», de las «noticias distorsionadas», de «los cadáveres en las portadas». Y lo que empezó como una historia de dolor y resistencia familiar, se transformó en un reality show sobre la decadencia del oficio. Más bien, de aquellos periodistas que viven de la duda.

Algunos reporteros que de vez en cuando nos atrevíamos a ver los informativos locales establecimos alrededor de ellos un cerco definitivo como el que se crea para aislar una epidemia: también el mal periodismo se contagia.

Recuerdo que un día volví a ese tercer mundo informativo. Era una mañana de mayo. Una conductora conversaba con un vidente. Escuchaba con atención, y estrechaba las manos sobre el pecho como quien está a punto de rezarle a un oráculo. El hombre llevaba el pelo engominado, una corbata llamativa y sostenía una fotografía del estudiante desaparecido:

‒No me atrevería a decir que está muerto ‒dijo refiriéndose al muchacho‒. Se ve blanco, y cuando veo blanco no me da muy buena espina.

‒¿Y en cuánto tiempo podremos tener noticias de él? ‒le preguntó la presentadora.

‒Si ustedes no lo encuentran en los próximos diez días, infelizmente no lo encontrarán vivo.

La mujer lucía consternada. Estrujaba sus manos. Parecía haber tomado contacto con fuerzas cósmicas. Entonces vino la tanda de comerciales.

No se sabe aún lo que sintieron los familiares del muchacho y sus amigos al escuchar esa charla. Quizá un poco de esperanza. Quizá se tomaron de la mano. Quizá cambiaron de canal.

Era sábado. El rating debió estar al tope.

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El periodismo debe buscar certezas, pero ese día optó por la parapsicología. Han pasado varios meses, y la familia por fin ha logrado enterrar el cuerpo del estudiante. El cadáver, por supuesto, fue fotografiado y grabado a pesar del estado en que se encontraba. Esto tendría que significar que la historia periodística terminó.

Pero es mejor estar prevenido. Habrá quienes intenten ir más lejos. Los últimos adelantos tecnológicos de la parapsicología ya ofrecen todo tipo de mecanismos de registro visual y audiovisual para esos periodistas que se aventuren al más allá.

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Los editores y reporteros que alimentaron esta historia durante tantos meses ahora deben estar recuperando la serenidad como quien revive después de una borrachera cataclísmica.

Quizá les duela la cabeza durante un tiempo al sentir que la vida continúa y que aquella noticia ya no.

Quizá vean desapariciones potenciales por todos lados.

Se enterarán de un secuestro tal vez, o de una accidentada excursión escolar, y pronosticarán un desenlace de meses.

En el mejor de los casos alguien tratará de reavivarlos contándoles que subió el precio de la gasolina.

O tal vez, al comprar el pan, ellos mismos comprueben con sus propios ojos que el sol está más bonito que nunca y que el verano está a punto de llegar.

Lo recomendable es que el retorno a la realidad no sea tan brusco. Como paso previo, los editores y reporteros podrían investigar sobre la estatura de Jake Gyllenhal abrigando la esperanza de conocerlo algún día para absolver la gran duda.

La segunda pregunta sería inevitable:

‒Jake, ¿qué opinas de nosotros, los periodistas?

Sería una buena manera de despertar.

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