Fergie, trasero de Ipanema

Tengo un vaso de vodka en una mano y a la diosa pelirroja del pop en la otra.

Fergie es una de esas celebridades capaces de lograr que el mundo parezca perfecto por unos breves segundos. Son las dos y cinco de la madrugada en un club nocturno de Ipanema, frente al mar de Rio de Janeiro, y cien personas rugen, saltan, cantan a gritos a los pies de una burbuja de vidrio, donde el cuarteto de música pop más popular del mundo, los Black Eyed Peas, maniobra computadoras y consolas musicales. Todos nos embriagamos alrededor.

Los Black Eyed Peas son la suma de tres viejas leyendas del hip-hop de California más una chica que parece tonta pero no lo es. Que ahora estén armando la juerga de un club privado plagado de adolescentes se debe a dos coincidencias: 1) Mañana tienen un día libre en medio de su gira de nueve conciertos en Brasil. 2) Rio de Janeiro es la ciudad de este país que más les gusta. Horas antes, frente a cuarenta mil personas presentes en el Sambódromo, Will.i.am, el líder del grupo, ordenó que encendieran las luces. Quería ver los rostros de su público. Entonces se llevó una mano a la frente, aguzó la mirada sobre aquel mar de garotinhas inquietas y exclamó algo muy obvio: en Rio están las mujeres más hermosas del país con las mujeres más hermosas de Sudamérica. Horas más tarde, él y sus compinches –Apl de Ap, Taboo y Fergie (a la que también, se dice, le gustan las mujeres)– son idolatrados por una muestra selecta de chicos y chicas adheridos a todo tipo de vasos y copas de alcohol.

He logrado escabullirme hasta ese altar (burbuja de vidrio para DJ’s), y debo lucir aturdido. Al verme así, Fergie coloca su mano izquierda (suave, delgada, decorada por anillos y largas uñas postizas) sobre la mía. El instante es tan breve que parece irreal. «C’mon, guy; you look so bored!», grita detrás de los lentes ahumados que le tapan la mitad de la cara. Sus labios son rojos y gruesos. El pelo rubio, lacio y largo le llega hasta la orilla de la espalda, justo donde comienza a hincharse su turgente celebridad. ¿Debo considerarme un tipo con suerte?

La vida no siempre es justa para todos. En el Sambódromo, el grupo cantó uno de esos pegajosos conjuros contra la quietud –«My humps», de su cuarto álbum–. Una fina lluvia y chorros de cerveza intranquilizaban a los asistentes. Fergie le daba las espaldas a la multitud y movía las caderas mientras cantaba algo así como «…spending all your money on me…». La masa hervía de testosterona. De ella brotó un chiquillo desaliñado que trepó al escenario decidido a abrazar a esa mujer que millones de hombres adictos a los videoclips sueñan con tocar. En pleno trance musical y de espaldas al peligro, Fergie completó uno de sus típicos y coquetos movimientos de cabeza que suelen terminar con el aleteo fulminante de sus largas y negras pestañas. Pero esta vez, al abrir los ojos a la noche de Rio, advirtió que una fierecilla adolescente corría a su encuentro. No pudo disimular el miedo y corrió a refugiarse en el corazón del escenario al tiempo que cuatro prestos gorilas se apoderaban del chico y lo reducían a la nada más triste en dos segundos. El público gritaba a rabiar por lo que parecía un atentado frustrado contra la vocalista. Los tres caballeros de la banda estaban en puntos extremos del escenario y parecían congelados por el horror. Apl.de.ap, que esa noche llevaba los cabellos engominados como el asa de una tetera, hizo el ademán de ordenar que parasen la música. Fue un momento tenso que Fergie, la diosa absoluta de la escena (bis), terminó con sabiduría de actriz (ha actuado en una película de Robert Rodríguez). Se acercó a los gorilas que trasladaban los restos del chico intrépido y se agachó un poquito hacia el soñador para cantarle: «My hump, my hump, my hump …». Es decir, «mis nalgas, mi nalgas, mi nalgas». Qué malvada.

En el club Baronetti de Ipanema, a medio metro de esa mujer, no es difícil concluir que aquel chico se merecía más que yo esa breve caricia y la palabra de aliento de Fergie. Afuera del club hay trescientas personas relegadas al triste ejercicio de imaginar lo que se siente estar acá adentro. Ellos lograron averiguar que los Black Eyed Peas iban a pasar la madrugada acá, pero no pudieron ingresar: había una lista sólo para elegidos. Una chica lloraba en el pecho de su padre. Un muchacho se tiraba de los cabellos mientras repetía que adentro estaba el amigo del primo del tío de su abuelo. Tres garotinhas fucsias se mordían las uñas en una triste coreografía de la desesperación. La noche avanzaba y la afamada belleza carioca no era suficiente salvoconducto para ingresar.

Los Black Eyed Peas no son los Beatles, pero pueden levantar olas de furor adolescente similares a las que originaba el cuarteto de Liverpool en sus mejores tiempos. Los chicos gritan, sollozan, se desmayan al paso de Fergie y compañía. Los «grupos más populares del mundo» cumplen una función noble: sirven para que los jóvenes del mundo liberen las energías que de otra manera podrían desembocar en quien sabe qué actividades inconvenientes. Mamá dirá: «Prefiero que el chico salte y les grite a los Black Eyed Peas a que grite y salte (pongámonos drásticos) sobre su prójimo». Todo tiene su razón de ser en la naturaleza, y este cuarteto de músicos maduros, en sus treinta, multimillonarios, y fabricantes de hits para discotecas, existe para que, en cualquier noche de ocio, los adolescentes con las energías al tope entren a una disco y, horas más tarde, salgan de ella convertidos en soñolientos fantasmas de sí mismos, listos para ir dormir, gracias al ejercicio sano de bailar.

Así que puede ser terapéutico estar en este club de Ipanema. Los Black Eyed Peas ponen la música pero no puedo hacerles preguntas. Una de sus hermosas agentes de prensa me concedió el acceso a este Olimpo bajo la condición de mantenerme callado, sin hacer fotos ni comentarios: el premio consuelo por una entrevista perdida donde debía interrogarlos «de preferencia» sobre la gira y su próximo disco, «The begining», según una instrucción sutil impartida a los periodistas. Supongo que estar de juerga con ellos es mejor que preguntarles: «¿Y cómo va la promoción de su próxima producción discográfica?». Sí, es mejor. Veo el cuerpo perfecto de Fergie, dentro de la burbuja para Dj’s. Treinta y cinco años bien llevados, la edad promedio del cuarteto. Y escucho, como primicia, una canción del próximo disco de la banda. Se llama «The time» y es un cover del viejo tema de la película «Dirty dancing». Todo lo viejo rejuvenece con la tecnología. «I’ve had the time of my life –grita Fergie con bajos hiper veloces de fondo–. No I never felt this way before». En la pista de baile, la juventud salta con las mismas letras con que veinte años atrás sus padres bailaban. El techo de la disco está plagado de luces de colores que se encienden y apagan dejando ver, a ráfagas, la evolución de los cuerpos. Ráfaga 1: Un hombre besa a una dama de faldita con la misma dedicación de un saxofonista. Ráfaga 2: Dos chicas bailan espalda contra espalda mientras dejan caer chorritos de champán sobre sus pechos. Ráfaga 3: Un gorila feo, de nariz cuadrada y pelo al rape me pregunta en inglés qué hago yo aquí. Su camiseta apretada dice: No doubt.

Detrás del gorila, Fergie se despide de sus camaradas y se pierde tras una cortina de guardias. No volverá a aparecer el resto de la noche. En la cabina, Will.i.am maniobra una consola llena de perillas y verifica algo en una de las cinco computadoras a su disposición. Él es un hip-hopper negro. Lleva unas gafas negras, una chaqueta plateada mezcla de uniforme militar y traje espacial (que él mismo diseña) y su seriedad de piedra contradice el risible pompón de pelo que adorna el lado izquierdo de su cabeza. Apl.de.ap, el integrante filipino del grupo, baila a su costado y bebe ingentes cantidades de agua. Taboo, el indio-mexicano-gringo, lleva una chaqueta roja y le da las espaldas a un grupo de señoritas que hace un rato debatía sobre la discreta anatomía nalgar del integrante más guapo del grupo. Taboo, de cabello largo y negro, tiene una mirada atemorizante, pero, como diría cualquier chiquilla peruana: no pasada cuando se voltea. Pero volvamos a la música.

¿Qué diablos es, a fin de cuentas, el fenómeno Black Eyed Peas? Veinte millones de unidades vendidas de su último disco dan cuenta de que existe algo así como un país Black Eyed Peas disperso en el mundo. Para entender el éxito del grupo es preciso ver el videoclip de la canción «My humps». Se trata de un homenaje claro y directo al trasero de Fergie. Fergie es la prueba de que un cuerpo elástico y bien moldeado puede convertir a tres hip hoppers buenos pero sin éxito comercial en un fenómeno mundial. Los tres hip hoppers, por su parte, son la prueba de que el talento de tres músicos puede concederle fama a una chica guapa aunque sin mayor trayectoria.

Los tres raperos de Black Eyed Peas (fundado con ese nombre en 1995) andaban perdidos hasta comienzos de este siglo: los críticos los escuchaban con agrado, pero casi nadie compraba sus dos discos. Si estás en California, la tierra de las conejitas de Playboy, Beverly Hills y el Glam Rock, es probable que nadie te escuche si cantas que «no quieres contaminarte» porque tú eres muy soul en una ciudad sucia. Las letras de Black Eyed Peas eran más o menos eso hasta que ocurrieron dos hitos en su carrera: 1) Los músicos maduraron y entendieron que debían atreverse a hacer dinero o nadie publicaría sus discos. 2) Conocieron a Fergie, una cantante que andaba en pos de ser alguien sin poder lograrlo. Hasta entonces sus mayores méritos eran haber sido una olvidada niña estrella de la tele, y una adicción a la metanfetamina, una droga en forma de piedra blanca que se fuma y te pone «high» mientras extingue tus ahorros. Fergie le añadió al grupo un tinte fucsia, chicloso, divertido, casi adolescente y sensual. Entonces, los raperos que en 1998 habían sido considerados por la revista «Rolling Stone» como los últimos cruzados del rap alternativo, cinco años después eran un grupo más relajado y comercial que podía cantar a coro «She drives me crazy» mientras en el videoclip de «My humps» Fergie se movía dentro de una escultura de jean y replicaba: «My humps. My humps, my humps, my humps». El cuarteto se consagró haciendo música facilita: buena para bailar, mala para cualquier otra actividad.

            Que la música facilita es un arte difícil lo demuestra el panteón superpoblado de músicos que murieron después de uno o dos hits. ¿Alguien recuerda a…?  Los Black Eyed Peas, por el contrario, son especialistas en acumular éxitos. Ponen una canción como «Boom boom pow» en el número uno de la lista Billboard, y semanas después ponen un nuevo tema en ese mismo y codiciado lugar que millones de músicos mueren sin conocer jamás. Los Black Eyed Peas son artistas del éxito mundial, exploradores de fórmulas que ponen a millones de millones de personas a bailar lo mismo en todos los países del planeta. El éxito de la música pop consiste en la repetición. Mientras más se repita una canción, más exitosa es. Si es más pegajosa, mejor. Y las canciones de los Black Eyed Peas son pegajosas. Una de ellas, en el 2005, se convirtió en el tono para celular más descargado de la historia (del celular, claro está). Los músicos son tan populares en los Estados Unidos que incluso se dice que, sin su apoyo, Obama no habría ganado. Un video producido por Will.i.am, el líder, donde muchos artistas repetían el «Yes, we can» de la campaña fue visto por trece millones de personas en los tres primeros días de haber sido colgado en YouTube. El éxito de la banda ya dura siete años, y es seguro que continúe, aunque nadie puede predecir cuánto más. El reinado en el mundo del pop es incierto. Madonna y el éxito, por ejemplo, ya pueden conjugarse en pasado. Black Eyed Peas, por ahora, en presente continuo.

            Así que cuando el gorila me pregunta qué hago allí en la cabina tomándole fotos a Fergie y compañía con mi discreto celular ninguna respuesta le satisface. He llegado a la cúspide del mundo del pop, he tocado a una de sus reinas, y ahora debo volver a la tierra para cumplir mi trabajo de periodista.

FUGA

           Dos hombres de seguridad ingresan con algo de ruido al baño del club. Escoltan a Will.i.am –gafas, chaqueta plateada, pompón engominado en la cabeza– para que cumpla con ese ritual humano que resulta innecesario describir. En la pecera de DJs, lo he visto tomar abundante agua. Por esas cosas del azar, ahora nos cruzamos brevemente en esa habitación. Yo, de salida obligada. Él, en un paréntesis de su noche libre. Las preguntas están prohibidas y no pienso incumplir. Will.i.am ahora es solo un hombre famoso en un baño público y parece sentirse obligado a expresar cierta cordialidad. Podría hacer un comentario sobre el clima, pero prefiere una broma:

            –This is Rio de Janeiro –dice mientras un chorro largo se desenreda hacia el inodoro.

[Una versión de este texto fue publicada en noviembre de 2010 en la revista Cosas]

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