Sobre la pertinencia de tener un gato antes, durante y después de un terremoto

1. SI INCLUYES A TU GATO EN EL TESTAMENTO, HAZ LO MISMO CON TUS SOBRINOS

Un gato gordo y rojizo de Londres llamado Prince heredó un palacio y las propiedades de su dueña cuando esta murió. El testamento indicaba que sólo cuando Prince falleciera ‒quizá unos diez o quince años después, tratándose de una muerte natural‒ el sobrino de sangre de la mujer podría disfrutar de la fortuna familiar. Mientras tanto, tendría que vivir como simple huésped en los dominios de la mascota.

El sobrino, por supuesto, intentó matar al gato arrojándolo a un río al día siguiente de la lectura del testamento. Para su mala fortuna, el gato sabía nadar. Y GARFIELD 2, la película que cuenta esta historia, tiene un final feliz y propicio para disfrutar con pop corn, pero plantea algunos problemas ideales para los amigos y enemigos de los gatos: ¿Qué ocurre con estos animales cuando sus amos mueren? ¿Les corresponde heredar la casa donde vivieron siempre? ¿Alguien debería proteger sus intereses?

Tal vez sí. Cuando el célebre escritor y gatófilo mexicano Carlos Monsiváis murió en junio de 2010, dejó huérfanos a trece gatos. Esos animales representaban los hijos que él nunca quiso tener, y sus nombres parecían una íntima declaración de sus sentimientos hacia la sociedad: Fobia, Miss Oginia, Miss Antropía, y siguen firmas. Monsiváis fue un intelectual huraño que sufría por igual de una gran popularidad y una memoria descomunal. Sin embargo, olvidó ocuparse de sus mascotas en el testamento y las condenó a los arrebatos de sus familiares. Unos días más tarde, Claudia Vázquez, una amiga gatófila del escritor, llamó a la casa para preguntar por las mascotas; le respondió una mujer quien le informó que al menos tres habían sido sacrificados y que los demás iban a ser regalados. Vázquez protestó frente a la casa de Monsiváis exigiendo que los animales no fueran separados. No le hicieron caso. Un año después nadie daba razón sobre el paradero de los gatos.

Un gato huérfano de dueño no suele ser un asunto de interés público a menos que haya una herencia de por medio. En mayo de 2003, una anciana de casi noventa años llamada Margaret Layne nombró heredero universal de sus bienes a un antiguo gato callejero llamado Tinker. La herencia consistía en una casa de Londres valorizada en medio millón de dólares y una cuenta bancaria de ciento sesenta mil dólares destinada a la compra de alimentos. El albacea nombrado para administrar la fortuna del gato fue Eugene Wheatley, un vecino del barrio. Poco tiempo después, Wheatley anunció que los fondos de Tinker corrían peligro de extinguirse debido a la caída de la bolsa de valores y a unas reparaciones que él había mandado a hacer en la casa. El futuro de Tinker fue debatido en los diarios de Londres, y hubo quienes con toda razón dudaron de la honestidad del albacea. A pesar de la última voluntad de su dueña, el antiguo gato vagabundo corría el peligro de volver a la calle. Tiempo después, la historia de Tinker quedó relegada ante otros temas más importantes en las páginas de sucesos: la última juerga de Kate Moss, la adolescencia de Harry Potter, la pierna derecha de David Beckham.

En un mundo donde abundan los niños con hambre y los ancianos sin hogar, la cordura de los amantes de los gatos puede ser puesta en duda sobre todo cuando estos intentan heredarles una propiedad a sus mascotas. Al morir Ernest Hemingway, que era fanático confeso de sus gatos, dejó a los suyos viviendo en su casa de Key West, Florida, que ahora es un museo. Allí viven más de sesenta descendientes de la camada original, y los visitantes pueden observarlos mientras aprenden algo de literatura. Cada cierto tiempo, sin embargo, algunos villanos tocan la puerta de esa casa. En el año 2007, los funcionarios del Departamento de Agricultura de Estados Unidos ordenaron que los animales fueran encerrados en jaulas. Según ellos, formaban parte de una exhibición, al igual que los animales de un circo o un zoológico, y no podían tener contacto directo con el público. La batalla legal duró semanas, pero la Comisión Ciudadana de Key West evitó el desalojo al resaltar la «significancia histórica, cultural y turística» de los animales. Los gatos se quedaron en casa, pero después de una disputa que debió costar bastante dinero. ¿Merecen estos animales tanta atención? ¿Acaso la gente como Hemingway está chiflada?

2. LOS GATOS PUEDEN SER BUENAS SECRETARIAS

Si todos los gatos vivieran juntos formarían el tercer país más poblado del mundo, después de China e India, con seiscientos millones de ciudadanos en cuatro patas. Pero un país de gatos sólo es una ilusión propia de los fanáticos de estas mascotas. Yo tengo dos y, aunque a veces siento ganas de matarlos por sus fechorías, la mayor parte del tiempo juego con ellos, converso y hasta les invento historias en las que ellos son piratas sanguinarios. He llegado a suponer que, cuando duermen, de inmediato despiertan en otro país lejano donde caminan en dos patas y fuman en pipa: el país de los gatos.

Enloquecer por ellos es algo natural, según los especialistas. Además de alimentarlos y hacerles caricias, los dueños de gatos suelen convertir a sus mascotas en «cuentos que se mueven» ‒como diría el poeta mexicano Rodrigo Ruy Sánchez‒; es decir, en personajes de sus propias fantasías. Cuando no estaba escribiendo novelas policiales, el autor estadounidense Raymond Chandler solía enviar a sus editores cartas «escritas» y «firmadas» por su gata Taki, a quien él consideraba su dócil secretaria. La distancia que los gatos guardan con respecto a los hombres (no mueven la cola ni se arrojan a lamerte como los perros) hace suponer que viven absortos en sus propios e importantes asuntos. ¿En qué piensan cuando se quedan inmóviles sobre la mesa? ¿Adónde van cuando salen de la casa? Los dueños de gatos saben que las respuestas a estas preguntas sólo pueden ser proporcionadas por la imaginación.

Mientras los perros buscan un dueño, los gatos sólo quieren una casa donde estar. Allí se acomodan. Cazan ratones y polillas. Destruyen muebles. Juegan con cualquier cosa que se mueva. Se cansan. Se enrollan. Se duermen con una indiferencia magistral hacia los demás. Quienes no quieren a los gatos, consideran esta conducta como una demostración de la diabólica arrogancia de estos animales. «¡¡¡No me habías dicho que tienes un gatooo!!!», exclaman con horror quienes llegan a mi casa y se topan con dos seres peludos que no les hacen caso. Los gatos son muy respetuosos de los espacios (los suyos y los de los demás) y solo establecen una relación de comunicación y aproximación con los que quieren a su especie. El hombre no tiene reparos en acercarse a quien le hace daño. Los gatos no.

Muchos escritores consideran a estos animales como acompañantes ideales para su trabajo: no exigen que los saquen a pasear ‒como el perro‒ y, por el contrario, adoran dormir sobre libros y papeles. También los pacientes de hospitales suelen agradecer su compañía, y hasta los médicos dicen que un gato puede prolongar la vida de los enfermos. ¿Tienen los dueños de gatos un tipo especial de personalidad? ¿Existen razones para decir «yo soy una persona de gatos» o «soy una persona de perros»? Sí, hay razones. El etólogo Desmond Morris, que escribió el libro CATWATCHING, cree que «el tan ensalzado fenómeno de la “lealtad al grupo” es algo tan ajeno a los gatos como a las personas que los aman». Los fanáticos de las reuniones, de los viajes en grupo y los integrantes de una pandilla no suelen tener empatía con los gatos. Los perros ‒al igual que sus dueños‒ tienen proclividad hacia las manadas. Los gatos, por el contrario, son compañeros pacientes de quienes, como ellos, prefieren quedarse en casa mientras afuera el mundo sigue dando vueltas sin sentido.

3. ¿VAN LOS GATOS A LA ESCUELA?

Consuelo Morales es una anciana que vende quesos y embutidos en el mercado de Surquillo, en Lima, y lleva unas gafas gruesas en la punta de la nariz que le confieren el aspecto de un hada madrina ocupada. Es bajita, de caderas anchas y parece que en cualquier momento le saltarán de la espalda unas alas transparentes que la elevarán entre los altos andamios de su tienda. Allí cuelgan tocinos, salchichas, y jamones. Sobre el mostrador, una barra de madera. Sobre la barra, ella usa un cuchillo enorme como un sable para cortar rebanadas de sus productos. Algunas son para los clientes que se detienen allí a comprar. Otras son para Tomás, un gato con manchas de color manjar blanco, que ha de ser la mascota más gorda y feliz del distrito, y que duerme a sus pies, en una caja de cartón. Quienes lo conocen se agachan y le acarician la barriga. Pero a veces Tomás no está allí. Y ni siquiera su dueña sabe con certeza adónde se ha marchado. Cuando eso ocurre, la anciana se consuela diciéndoles a sus clientes que Tomás «ha ido a la escuela».

Las investigaciones de los zoólogos confirman que no existe nada parecido a una escuela para gatos. Los especialistas dicen cosas aun más extrañas. Por ejemplo, indican que toda ciudad encierra a tres grandes poblaciones de mamíferos: los hombres, las ratas y los gatos. Los hombres tratamos de tolerarnos. Las ratas son nuestras enemigas; se roban nuestros alimentos. Los gatos, en el medio de esta batalla, han sido por milenios nuestra principal defensa contra los roedores. A pesar de que tratan de guardar una refinada compostura cuando están en casa, los felinos llevan una doble vida como esos asesinos en serie que se dividen entre el amor al hogar y el culto a la sangre. Están en casa y también fuera de ella, como ocurre con Tomas, el gato gordo del mercado. Cuando Tomás se va no es para asistir a la escuela, como explica su dueña, sino para abandonar su estado infantil de mascota doméstica y retomar su naturaleza de explorador y cazador solitario. Los gatos son criaturas semi domésticas o semi salvajes (como usted prefiera), pues conservan vivo parte de su instinto original. Según un estudio de la Universidad de Illinois, en los Estados Unidos, algunos gatos llegan a patrullar hasta dos manzanas alrededor de su casa. Allí cazan, pelean, fornican. Luego, vuelven con sus dueños a ser los niñitos de siempre y nunca cuentan lo que han perpetrado fuera.

Detrás de cada proceso de domesticación existe un contrato que el hombre suscribe con los animales. Cada parte da y recibe algo. Los perros dan seguridad, acompañan en la cacería; a cambio reciben alimento, una casa y un amo que los incorpora a su manada. Los caballos dan transporte; reciben comida. Las gallinas dan huevos. Las ovejas, lana. Los gatos ‒tan pequeños y solitarios‒ no tenían nada que ofrecer hasta que la humanidad descubrió la agricultura. Con la agricultura llegaron las plagas. Una de las más terribles fue la de ratas y ratones. Cuando los graneros de las ciudades se atestaron de roedores golosos que se devoraban todo, los gatos se acercaron atraídos por la increíble aglomeración de sus víctimas. Son los únicos animales que se domesticaron a sí mismos. Empezaron a merodear y a cazar en las ciudades. Aprendieron a vivir cerca del hombre, y éste ni siquiera tuvo que capturarlos para obligarlos a «trabajar», como sí hizo con los otros animales. A cambio de sus servicios, el gato exigió su independencia. Vivir en casa y también fuera de ella. El hombre aceptó.

Eran tiempos felices. Los gatos vigilaban los graneros y salvaban a los hombres de la hambruna. Así pasaron diez mil años. Para los egipcios antiguos, la muerte de un felino era una tragedia que exigía un luto riguroso; los deudos se depilaban por completo las cejas y lloraban durante días. Nunca el hombre cuidó tanto a un animal como entonces. Los faraones prohibieron la exportación de estas mascotas. Había cementerios para gatos. Un templo para gatos. Y hasta se celebraban orgías en honor de los gatos. Poseer una de estas mascotas era un buen motivo para tener sexo entretenido. ¿Por qué ahora hay gente que los detesta?

4. LOS GATOS Y SU MISTERIOSA RELACIÓN CON HITLER

Una noche descubrí que mi padre odiaba a los gatos. Ocurrió cuando yo era niño. Unos ruidos estallaron en la cocina cuando mi familia dormía. Los platos caían uno tras otro y los artefactos se rompían contra el suelo. Días antes, unos ladrones habían entrado y cargado con todo lo que pudieron llevarse, incluidos mis juguetes, así que creímos que habían vuelto por más. Mi padre, que sabía ser un tipo rudo e impredecible, dormía en estado de alerta y corrió de inmediato hacia el peligro. Llegó a la cocina hecho una furia y se encontró cara a cara con un delincuente solitario: un gato callejero negro que se revolvía nervioso contra el mundo. Mi padre, en un arranque de furia antigatuna, capturó al animal. Lo llevó al patio y, tomándolo de la cola, lo golpeó contra la pared como si fuera una alfombra sucia, hasta que no le quedó un hueso entero. Nunca volví a ver nada igual. Ni siquiera en las películas.

Mucha gente odia a los gatos y se ufana de ellos. El libro LA GRAN MANTANZA DE GATOS, del historiador Robert Darnton, describe un gaticidio hasta ahora solo comparable al Apocalipsis. El Apocalipsis de los gatos, claro está. Una noche alrededor de 1730, un grupo de obreros de París condenó a muerte a todos los gatos del barrio donde vivían. Los cazadores de roedores ‒tan preciados para los burgueses y sus rebosantes graneros‒ se habían apoderado de las casas y maullaban y brincaban por cualquier lado sin que les importara el sueño de los sirvientes. Hartos de esa conducta libertina, los trabajadores organizaron un juicio popular donde los felinos fueron hallados culpables. No tenían abogados. La ejecución masiva comenzó con una gatita llamada Grise, a la que un verdugo le rompió la columna. Los demás fueron asfixiados en bolsas, apaleados, ahorcados y tratados bajo otras ingeniosas formas de crueldad.

Basta un gato en la casa para que una pareja de amantes peleen a muerte o para que dos amigos dejen de frecuentarse. Como si vistieran la camiseta de un equipo de fútbol, los gatos generan pasión y aversión entre los hombres. Pocas veces la civilizada indiferencia, que es lo que a ellos les gustaría para poder pasarse el día durmiendo. Amas a los gatos o los odias. Raymond Chandler, ese novelista que llamaba «secretaria» a su gatita persa, detestaba a las personas que no querían a los gatos. «He encontrado siempre un elemento de extremo egoísmo en su manera de ser», le explicó una vez a su editor lo que pensaba de los enemigos de los felinos. Ambrose Bierce, un escritor afincado en el ejército contrario, creía que el gato era un regalo que la naturaleza ofrecía «para que le demos patadas cuando las cosas andan mal». No hay registro de la cantidad de veces que él castigó así a un minino, pero su célebre DICCIONARIO DEL DIABLO parece el catecismo de un hooligan extraviado en el siglo XIX. ¿De dónde viene tanto odio hacia michifuz?

Algunos atributos no les han sido de mucha utilidad a los gatos en ciertos momentos de la historia. La habilidad para mirar y caminar de noche, por ejemplo, los convirtió en dóciles mascotas del diablo, según las creencias religiosas de la Edad Media. Durante mil años los gatos fueron torturados tanto en los rituales paganos como en los juicios de la Inquisición. Las brujas los cocinaban para obtener sus pócimas y los sacerdotes los despellejaban para castigar al demonio que llevaban dentro. Multitudes de gatos fueron quemados en las fiestas cristianas, o crucificados para infundirles el mismo dolor que padeció Cristo, o arrojados desde las torres de las iglesias por orden de los obispos.

Mil años de crueldad con un animal generan ciertas costumbres. También inspiran literatura. En la novela gráfica MAUS, el dibujante estadounidense Art Spiegelman cuenta la historia de su padre, un sobreviviente de los campos de concentración nazis. Allí los judíos son representados por ratones y los alemanes por gatos perversos. Estos animales, que habían vivido su propio Holocausto durante la Edad Media, ahora figuraban como despiadados seguidores de Hitler. Edgar Allan Poe, en «El gato negro», le atribuyó a un felino tuerto el poder de envilecer a su dueño. El hombre, atormentado por la presencia de ese gato, mata a su mujer y la sepulta dentro de una pared.

Así que patear un gato, después de todo, podría ser una reacción saludable. Una manera de ahuyentar a la mala suerte, al mal, a lo desconocido. Nos abruma la superstición.

Ya sea para bien o para mal, el hombre es un animal terriblemente supersticioso. El gato no.

5. NUEVAS PROFESIONES PARA GATOS

Las técnicas modernas para eliminar a los ratones (venenos, trampas) han menoscabado la cláusula principal del contrato hombre-gato. Si ya no son útiles para controlar las plagas, ¿quiere decir que ha llegado el momento de alejarlos de nuestras vidas?

No necesariamente. Además de que los gatos son buenos animales de compañía, los científicos empiezan a hallar nuevas razones para no separarnos de ellos. En julio del 2007, en una clínica de Rhode Island, en los Estados Unidos, un gato aprendió a predecir la muerte. Oscar, como se llamaba la mascota, era blanco y exhibía unas manchas pardas sobre los ojos como antifaces de superhéroe. Según el doctor David Dossa, que fue su mentor y luego escribió una crónica al respecto, cada día el gato se paseaba por las diferentes habitaciones y examinaba a los pacientes de cáncer en fase terminal. Oscar subía a la cama y olfateaba a los moribundos. Si la muerte estaba próxima, se quedaba unos minutos acompañando a esas personas. De lo contrario, bajaba de la cama y continuaba con su guardia. Hasta entonces, había anticipado veinticinco muertes. Los familiares le estaban muy agradecidos porque les había permitido despedirse de sus enfermos con tiempo.

El doctor Dossa recibió ataques de todo tipo. Le dijeron supersticioso, por supuesto. Pero él, que es un profesor de la prestigiosa Universidad de Brown, explicó que Oscar era un animal extremadamente sensible y podía sentir con el olfato los profundos cambios que se producen en organismo humano enfermo. Los gatos tienen el olfato muy agudo. En un sentido similar, también son capaces de alertar sobre los terremotos horas antes de que estos ocurran, según indican los geólogos. Cuando advierten las vibraciones de la tierra, los gatos se alteran y hacen todo lo posible por marcharse a un lugar seguro. En China hay ciudades altamente sísmicas donde los habitantes (y los científicos en sus laboratorios) observan la conducta de estos animales para estar atentos ante la desgracia. Allí sólo a un alegre suicida o a un inquieto subnormal se le ocurriría patear a un gato.

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