Dos más

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Foto: James Candrall. Tomado de elcomercio.pe

Los arqueólogos descubren unos vasos de la nación Chachapoyas y, de pronto, el peruano moderno se entera de la noticia y de manera automática se llena de orgullo por ese mundo antiguo. Los diarios, síntoma del sentido común, celebran como si se tratara de un gol en un partido de fútbol.
Luego piensas. ¿Por qué esas reliquias de una nación extinta deberían darme orgullo a mí, que no tengo nada que ver con ellas?
¿Por qué esos tesoros ajenos y lejanos me deberían alegrar la mañana?
Hace unas semanas viajé por esa región y vi cómo las lluvias están destruyendo las carreteras. La gente pasaba horas al filo de los precipicios esperando que las máquinas las limpiaran. Las pistas recién construidas de un pueblo se caían a pedazos y era evidente que las autoridades habían estafado a los ciudadanos.
No sé. Quizá sería bueno que los vecinos del Chachapoyas moderno se enterrasen vivos y esperasen unos años a que los arqueólogos los descubran. Tal vez así sus problemas podrían llegar a las noticias.
Aunque, pensándolo bien, da lo mismo llegar o no llegar a las noticias. ¿Qué se resuelve con eso?

El presente es demasiado mediocre. Por eso emociona tanto ese pasado, o la ilusión de ese pasado. Allí están los logros. No aquí. No ahora.

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