No tengo hijos, tengo smartphones

 

24505504559_3a4d2caf6a_zBrittney Silva era una adolescente de dieciocho años que discutía con su padre a través de mensajes de texto mientras caminaba por una calle de San Francisco. Tenía la mirada clavada en la pantalla del smartphone, y quizá estaba muy enfadada cuando escribió: «No tengo tiempo ahora, papá». Un hombre agitaba los brazos y gritaba desde el otro lado de la calle para llamar su atención. Brittney no lo vio ni escuchó. Llevaba audífonos a todo volumen. Presionó send. Rechazó una llamada telefónica entrante. Dio unos pasos más y entonces un tren de carga la embistió. El smartphone cayó a unos cincuenta metros, cerca del cuerpo inerte de la chica. Era de color rosa brillante. Todavía funcionaba.

 

Dos años más tarde, un antiguo violador de mujeres que intentaba rehacer su vida en un barrio de Memphis, caminaba por la vereda cuando un remolque cargado de neumáticos se salió de la pista y lo aplastó contra una cerca. Los policías hallaron su smartphone tirado en la vereda. Tras revisarlo, era obvio que Kevin Jordan, como se llamaba la víctima, habría podido evitar su muerte si no se hubiese encontrado mirando una película pornográfica al momento del accidente.

Los videos de personas que mueren o matan mientras usan sus smartphones son un subgénero tragicómico casi tan popular en Youtube como los virales de gatos. Son parte de la dieta diaria de entretenimiento de los internautas tanto como un síntoma de la salud mental del mundo actual. Yo no veía uno de esos cuando choqué mi automóvil, pero tenía el celular en la mano derecha y contemplaba un mapa. Había una señal de Stop clavada en la orilla de la calle y no la vi. Seguí de largo y le cerré el camino a un inocente patrullero que venía por la derecha. Crash! Boom! Zap! Novecientas personas llegan cada día a las salas de emergencia de los Estados Unidos por usar el smartphone en la vía pública. Fui una de ellas.

Manipular el celular mientras conduces no es solo una falta de tránsito sino una señal de qué difícil es permanecer anclado en el mundo real todo el tiempo. Una persona moderna revisa su teléfono unas 221 veces cada día –según un estudio reseñado en el New York Times Review of Books–. La estadística aumenta cuando la gente enfrenta al gran demonio de hoy, el tedio. Esperar el transporte, conducir a solas, estudiar, oír a alguien que no te interesa, caminar, y otras actividades por el estilo solo provocan llevarse la mano al bolsillo o a la cartera. El presente suele ser insoportablemente aburrido, y el smartphone es la salida de emergencia hacia un mundo más entretenido que la realidad. Volvamos a Youtube. Ese hombre cruza la calle mirando su celular y no advierte que, en la próxima acera, una serpiente espera para morderlo. Esa mujer camina por el malecón concentrada en su pantalla, resbala y se ahoga en el lago. Ese pobre tipo saca el celular para tomar una foto del sunset, busca el mejor ángulo y resbala al precipicio. Casual.

¿Pero quién tiene la culpa? ¿El hombre, el smartphone, Steve Jobs? Hace algunos años, el director de una agencia de comunicación me ofreció un empleo, y para conquistarme me abrumó con la historia de su empresa, la facturación en ascenso, sus clientes cada vez más importantes. ¿Me interesaba? Me miró a los ojos esperando mi respuesta. En cuanto abrí la boca, tomó su celular y se marchó a un mundo lejano. A veces levantaba la vista para asentir, y se iba de nuevo. Su rostro frente a la pantalla saltaba de la frustración a la alegría; del enfado a la coquetería. Al rato regresó de sus múltiples interacciones y dejó el celular a un lado, muy seguro de que yo aceptaría su oferta. No lo hice. La relación que tienes con tu smartphone trasluce tu manera de ser. Aquel personaje no sabía escuchar. ¿Me imaginaba trabajando con él? Nica.

Tengo dos smartphones que terminan fatigándome como dos animalitos malcriados. El celular del trabajo no lo veo entre viernes y domingo. El personal solo es para comunicarme con mi esposa y mi familia, para escuchar música en el carro y para postear fotos de vez cuando. Llegar a esta delicada disciplina me costó un accidente; y, a pesar de esto, suelo sucumbir a la tentación de revisar mis notificaciones en lugares inadecuados. ¿Quién me escribió? ¿Cuántos me dieron like? ¿Cuántos me siguieron? «El smartphone es un tragamonedas», dice Tristan Harris, un antiguo directivo de Google que ahora lidera un movimiento de diseñadores que ya no quieren crear productos que distraigan a las personas. La gente refresca sus cuentas de correo y sus redes sociales de manera compulsiva como si tirasen de la maquinita en espera de su recompensa; en el caso del smartphone –dice Harris–, las ganancias son las notificaciones.

Si ese aparatito neurótico hecho para llamar tu atención de diez mil maneras diferentes es la tendencia dominante, las alternativas son demasiado zen para competir en popularidad. Pero existen. La compañía suiza Punkt fabrica celulares que solo sirven para hablar por teléfono, todo un signo de subversión. «La tecnología debe ayudarnos a adoptar buenos hábitos para tener vidas menos distraídas», dice su fundador, el empresario noruego Petter Neby, quien advierte que la tecnología más sofisticada es la sencillez. Según estos profetas, un día existirán aparatos tan simples y perfectos que solo tendremos que usarlos cuando los necesitemos.

[Publicado en Revista H]

Foto: Marsel Minga

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