El hombre que vive de pie

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Foto: Verónica Salem / El Comercio

Dicen, quienes a sí mismos se llaman testigos de este raro suceso, que hace seis años, o quizá menos, el hombre llegó al jirón Lampa, que eligió el frontis sucio de la casona amarilla, que se recostó con gesto de cansancio, como quien se apea de su rutina por un momento, pero que nunca más partió de allí. Es más, dicen que su trasero, entonces de hombre robusto y hoy de anciano neblinoso, nunca ha tocado el piso. Nunca. Desde ese día. Los que a diario lo ven peinarse a dedo los cabellos grises cada cinco minutos, como si una cita que aguardase por siglos de pronto lo pudiera sorprender, lo definen así: el hombre que no puede sentarse.

La barba dejada a su libre albedrío sobre su rostro marrón barro le confiere el aspecto sabio de un Sócrates rebelado al tiempo, pero su gesto afásico no exhibe la solitaria convicción de quien no sabe nada sino la fatalidad de quien lo ha olvidado todo. Porque parado como reloj sin cuerda en la misma pared amarilla –indefenso ante los ascos de transeúntes que lo examinan por el rabillo del ojo–, el viejo no recuerda, no ríe, no llora. No se aburre nunca. Tampoco tiene nombre, ni habla, ni pide, ni recibe, ni da.

Lo más sorprendente para una anciana que lo observa cada mañana desde el mostrador de una farmacia es que el hombre no se ha acercado nunca a confesarle sus enfermedades. “Es bien difícil estar parado tanto tiempo sin maltratarse las piernas. Ni un ungüento, nunca nos ha pedido”, dice Gloria Gonzales sin rencor de comerciante, pero sí con la voz de quien se apresta a golpearse tres veces el pecho. Es quizá esta mañana fría la que obra en la mujer el rostro compasivo. Afuera de su local ha dejado de garuar y el hombre ha tirado a un lado la manta con que hace un rato se protegía de las gotas de agua y de la noche. Un bostezo al despertar y una pasada de mano –con la eternidad de los gatos– le abre los ojos a la calle de todos los días.

Al ver que la cámara de fotos apunta a la pared que ocupa el hombre y a nada más, los ambulantes que hace un rato espiaban desde los pasadizos de los edificios se animan a salir y lanzan comentarios en busca de oídos. Sumer Bellido, un vendedor que según lo que haya de oferta en el mercado de La Parada trae en su triciclo plátanos o lunas, pone rostro de benefactor. Pendiente de la hora de la cena, afirma regalarle las frutas que le sobran al final del día. ¿Y qué más? ¿Palmaditas para que no se atore? Buenas noches sin respuesta.

Con una voz presta a la fábula, Bellido cuenta que la tarde en que la Marcha de los Cuatro Suyos terminó de exhalar sus bombas, una reportera despistada acercó su micrófono al único testigo que había presenciado segundo a segundo la batalla sin huir y sin moverse. Exasperada ante los silencios del personaje -dice-, la mujer empezó a recriminarle por su aparente insensibilidad, por su falta de colaboración con la noble labor, en fin.

-No le da pena lo que está pasando, los heridos, los muertos… A ver, dígame, ¿qué es el Perú para usted? -intentó acorralarlo.

-Mi pared -respondió el aludido con la convicción de un Diógenes que defiende su tonel, antes de pasarse los dedos por la frente marrón y acomodar nuevamente su gesto de espera.

Pero todas esas noticias podrían no ser más que falsas referencias. En verdad, el anciano agita una pierna nerviosa cuando ve pasar a la gente muy de cerca. Rehuye de las miradas como único atisbo de orgullo y de razón. Y la baraja de cartones que descansa al lado tiene el aspecto de haber acumulado todos sus sueños sobre el piso. Los rastros de sus orines se extienden diez metros a lo largo de la fachada que lo acoge sin vergüenzas. Porque de vez en cuando, si tus ojos se distraen, el hombre ensayará unos pasos tímidos, como para no olvidarse también de eso: de moverse.

-Sí no sería como una planta. ¿No cree usted? -lanza a modo de anzuelo un hombrecillo desdentado que hace rato espía mi cuaderno de notas-. Sí, ese señor es como una planta que no se riega y se ha marchitado, se responde con pretextos de filósofo mientras empieza a sacar un librillo de debajo de la manga. Intuyo sus intenciones: la moral de las calles huérfanas.

-¿Qué hace aquí, amigo?, le pregunto al oído.

Ningún olor me recibe. El hombre mueve la cabeza varias veces de lado a lado, como para comprobar que su cita de siglos no está todavía a la vista. La piel de su rostro se descompone en infinitos pliegues negros y, bajo la barba de pelusa, su boca empieza a temblar.

-Viendo para distraer, nomás.

-¿Hace cuánto se distrae así?

-No me acuerdo.

-¿Podríamos sentamos para conversar un rato?

-No, no, no. Eso me aburre.

-¿Espera a alguien, acaso?

Error. Se pone nervioso. Pasa la mano en rastrillo sobre su cabeza, acomoda sus motas de pelo blanco, se sacude el pantalón desteñido, mira a cada lado de la calle y después de unos segundos vuelve a recostarse en la pared, más tranquilo.

-A veces me toman fotos.y me dan un real –dice alzando la mirada para esquivar la ventosidad que arroja un colectivo.

No hay diferencia entre el color de sus ojos y el de los edificios de cuellos mugrientos: sólo unas manchas marrones que flotan sobre sus globos.

-Debe ser por la locura.

-¿Por qué la locura?

-Por los años, será.

-¿Qué edad tiene usted?

-Veinticinco.

-¿De estar esperando?

Vuelta al error. Repite por enésima vez la operación de acicalamiento. Parece enfadado. Y no quiere hablar más. Ni nada más pueden aportar los que a sí mismos se llaman testigos de este raro suceso. En verdad, nadie sabe si habrá dejado vacío el lugar de alguna mesa familiar, ni si seguirá parado allí también mañana, con el afán de reloj paralítico, con el gesto de abuelo impaciente. Sobreviviente de algún infierno perdido en sus recuerdos. Amnesia de mejores días. Quizá ni él mismo sepa quién llegará primero: si su memoria a querer llevárselo de la mano por algún camino de regreso, o la muerte a engañarlo con su aliento de cansancio. Sólo parece estar seguro de que a ambos vendavales resistirá de pie, como se quedan siempre los árboles más robustos. Entonces dejará al descubierto la biografía que desde hace seis años, o tal vez menos, su espalda ha escrito como única rebelión contra el olvido. Lampa 1073. La pared donde se apoya tiene la huella negra de su locura.

Publicado en el diario El Comercio el 5 de junio de 2001. Tras leer esta historia, las autoridades encerraron a este personaje en un manicomio. Entonces yo era un periodista desorientado que repetía el cliché de “quiero darles voz a los que no la tienen”. No sabía que hay quienes encuentran justicia en el silencio. Los periodistas, para ellos, somos el terremoto que destruye su paz. Jodido, ¿no?

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4 Comentarios

  1. cccrivera dice:

    Fui leyendo tu crónica, lentamente y poco a poco me llenaba de una ternura y una pena hasta las lagrimas por todos esos seres que hay en nuestro país iguales a este hombre que vive de pie con sus vidas de abismos insondables… 😦

  2. Martín dice:

    Que buena pluma… pero también que forma de joderle la vida al tipo… 😦

  1. […] El texto fue publicado recientemente en el blog de Marco Aviles, Crónicas de Waterloo. […]

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