¿Por qué da tanto asco entrar en política?

 

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Tres periodistas peruanos que sigo en la radio charlaban el otro día sobre uno de los tabúes de nuestra generación:

“¿Tú te meterías en política alguna vez?”, se preguntaron Ana Trelles, Renato Cisneros y Marco Sifuentes en una cabina de Madrid, un exilio tan lejano como el mío.

Yo escuchaba su programa mientras conducía entre establos y granjas de huevos, en Maine, en busca de agricultores que necesitan ir al doctor. Soy trabajador comunitario e intérprete en este sector lejano del imperio, pero también un alma perdida en mi propio limbo existencial. Estoy físicamente acá pero, como el jinete sin cabeza de las historias de horror, mi mente se marcha con frecuencia al Perú. Todos los días rastrillo las redes sociales y los diarios y me empacho de noticias y pesimismo patrio.

En la radio, los tres conductores enfrentaron la pregunta con la convicción que deparamos a asuntos de orden escatológico. “¿Te meterías en política?” sonaba a “¿Te beberías tu propia orina?”. Sus respuestas parecían lógicas (minuto 43:35):

-No, no, no.

-Nooo. Olvídate.

-NUNCA.

Pensé como ellos durante mucho tiempo. En un país gobernado por una gran mafia, meterse en política suena a embarrarse de mierda hasta las orejas. No es un trabajo ni un servicio ni un sacrificio. Es un suicidio por asfixia.

Cuando tienes una carrera propia (escritor, periodista, científico, abogado, artista, empresario honesto, comerciante, cocinero…), entrar en política es tan descabellado como abandonar la casa donde vives con comodidad para mudarte a un basural. Uno revisa las hojas de vida de los políticos peruanos y entiende que para la mayoría de ellos, en cambio, el dilema jamás ha existido.

Cuando eres un profesional mediocre o alguien que ni siquiera tiene una carrera visible (como Alan García o Keiko Fujimori, por ejemplo, para no mencionar a sus piojos) entrar en política no es arriesgar tu futuro ni sacrificarte. Al contrario, para el típico político peruano hacer política es aprovechar la oportunidad de escalar y pasar de ser un “nadie” a ser un “nadie con poder y dinero”. La evolución es inmediata. Hay congresistas que, gracias a este sistema de superación personal, pasaron de ser extorsionadores y matones de chacra a ser invitados frecuentes en los noticieros y opinantes en los diarios. Su negocio sigue siendo la violencia, pero ahora usan traje y les pagamos todos con nuestros impuestos.

No importa mucho a qué partido pertenecen. Los “nadie” no tienen ideología ni lealtad definidas y los vemos saltar de plataforma en plataforma como sapitos en día de lluvia: no están allí para servir sino para servirse. Su supervivencia depende de alimentar el tabú de que la política es un campo inmundo. Que es su feudo. Su basural. La piscina de heces donde nadan a sus anchas. Y, sobre todo, su existencia se debe a que nos convencen de que la política no puede ser un lugar mejor. O que no puede ser lo que debería ser: el espacio donde uno da lo mejor de sí para el beneficio de todos.

* * *

La política no es una serie de televisión que otros hacen para que nosotros podamos disfrutarla o sufrirla desde nuestro sofá. La política la hacemos todos los ciudadanos, cuando votamos, cuando salimos a marchar, cuando nos organizamos, cuando nos preocupamos por saber qué se hace con nuestros impuestos. Hacemos política incluso cuando decimos que no hacemos política.

El efecto que causa ver a todos nuestros últimos presidentes embarrados en mierda es una sensación de fracaso nacional. No son solo ellos, amigos. No nos conformemos tirándoles piedras. Es el sistema. Somos todos. Los que elegimos, los que son elegidos y también los que no nos atrevemos a salir de nuestra propia vida privada para dar la batalla, ya sea porque tenemos miedo o asco o desengaño.

En los Estados Unidos de Donald Trump, donde se vive un fracaso similar, la escritora Rebecca Solnit explicó la causa de este sentimiento mejor que nadie:

“Con Obama, la gente puso su fe por completo en: ‘Oh, hemos elegido a este super humano mágico y maravilloso, y entonces nos iremos a casa y no haremos nada’. El movimiento que puso a Obama en el cargo fue tan poderoso que pudo hacer un cambio de verdad profundo, pero todos se marcharon a casa porque pensaron que él lo haría todo”.

Y no fue así, ya lo sabemos. En el Perú del año 2000, los peruanos nos atrevimos a hacer política en las calles y sacamos a patadas a la mafia. Luego nos recluimos en nuestras vidas privadas creyendo que la democracia se iba a reformar solita. Y no fue así. Ahora lo sabemos.

La banda de los “nadie” aprovechó el vacío para volver y sus múltiples agentes nos robaron la política otra vez y la convirtieron en lo que ahora es: un basural al que casi nadie que tenga un mínimo prestigio o espíritu de autoconservación quiere entrar. Esta barrera sanitaria es el principal activo de los corruptos. El pantano que impide que más personas decentes quieran entrar en política.

* * *

Romper el asco no será fácil. Los tecnócratas, grandes propagandistas de sus propios servicios profesionales, nos han hecho creer durante décadas que lo único importante para progresar son los números. Que los ciudadanos debíamos limitarnos a consumir y pagar impuestos y que eso bastaría para que el país se desarrollase solito. Que no importaba quién gobernase con tal que el elegido o elegida mantuviera las cifras andando. Y ya vemos cómo estamos. No sabemos qué hacer con el dinero más que dejar que se lo lleven quienes gobiernan. El ejemplo más patético transcurre en la ciudad de Lima: el alcalde es un bribón de larga trayectoria cuya habilidad más notable es lograr que nadie sepa qué hace él con la plata de todos. La ciudad crece en el abandono. Eso no es bonanza sino una sofisticada versión del conformismo y la pobreza de siempre.

La mierda se desborda en el Perú y todos los ciudadanos, lo queramos o no, estamos un poquito embarrados de ese fracaso, de esa manera de hacer política no haciéndola o haciéndola desde la ventana.

La pregunta lógica es: ¿Cómo rescatamos la política de la banda de los “nadie”? ¿Cómo limpiamos el chiquero si no es entrando en él?  ¿Cómo esperamos que haya gente decente representándonos si no llevamos la decencia nosotros mismos?

Quizá los sociólogos podrían ayudarnos a traducir esta urgencia mirando menos las encuestas y más el horizonte que intentan advertir los ciudadanos. Mientras eso no ocurre, en lo que a mí respecta, quiero desmarcarme del cliché que siempre escucho. A la pregunta “¿Tú te meterías en política alguna vez?” voy a responder de ahora en adelante:

SÍ.

Así sea limpiando pisos, ahí estaré.  ¿Y tú? Hazte esa pregunta y lánzala también a quienes están hartos de esta miseria. Nadie vendrá a salvarnos. Estamos solos en esta batalla. Pero somos muchos.

 

Foto de cerdito: Rikkis Refuge

 

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1 Comentario

  1. Maximo Kinast dice:

    Buen artículo, buen punto. Has dado una excelente respuesta a la pregunta más importante del momento: ¿Quién le pone el cascabel al gato? Y me has recordado lo que dijo John F. Kennedy, el 20 de enero de 1961 “No te preguntes lo que tu país puede hacer por ti. Pregúntate, que puedes hacer tú por tu país”. Gracias.

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