18 días sin carne

chanchito(El siguiente testimonio podría herir tu susceptibilidad).

Los carnívoros compulsivos nos creemos los 4×4 de la cadena alimenticia. Los non plus ultra. Los que tienen autoridad para maletear a los veganos y a los vegetarianos (“toma esto, debilucho”) porque estos no quieren comer esa cosita rica y llena de sangre que nos hace rugir como leones: grrrr.

He matado y eviscerado cerdos que he cocinado y me he engullido al día siguiente. La de la foto se llamaba Dusty. Tenía seis meses, una edad en que otros mamíferos todavía tomamos teta. Ella dejó de tomar teta a las seis semanas. (Retirar a un MAMÍFERO bebé de la teta. Así comienza la historia de nuestro plato de comida). Dusty creció libre. Es un decir. Su destino siempre estuvo escrito en un correo de invitación a una parrillada (“traigan cerveza o lo que quieran tomar”). El día anterior a la parrillada, mi amigo Allen tomó una nueve milímetros, apuntó a la cabeza, disparó y luego le rebanó el pescuezo. Era el segundo cerdo que mataba en su vida y estaba nervioso. Dusty se desangró en 12 laaargos minutos pataleando (tengo fotos). “She was a sweety”, dijo Allen, que la había criado, cuando ella dejó de moverse. Pasamos el resto del día pelándola en agua caliente y rebanándola mientras bebíamos cerveza y fumábamos.

Me gusta el ritual de matar y comer los animales que has criado. Pero no me gusta que Dusty tuviera que morir a los 6 meses, la misma edad que tienen los cerdos cuando los masacran en los mataderos. ¿Por qué los animales de granja no tienen derecho a vivir más? ¿A llegar a ancianos? ¿A tener familias? ¿A amamantar a sus crías? Sé que las cerdas esclavizadas en los criaderos industriales paren, dan teta, y luego vuelven a ser inseminadas y gestan y vuelven a parir y dan teta en pequeños cubículos en los que no se pueden ni siquiera poner de pie. Viven en estado horizontal toda su vida. Y su experiencia de maternidad es que los operarios se lleven a sus crías cuando estas todavía necesitan leche. La crueldad industrial es tan vulgar que parece un algoritmo. 

La industria de comida te ahorra el esfuerzo de criar y matar animales bebés. ¿Cuál es la valentía de ser carnívoro compulsivo cuando tú no eres el que tiene que participar en la película de horror? La carne, para cualquier carnívoro que se jacta de serlo, suele ser esa chuleta que compras en el mercado o el restaurante con la soltura con que eliges un zapato cuya fabricación no has visto. Esa ventaja, ese ahorro, esa distancia, esa sofisticación (“una hamburguesa medium rare, por favor”) está destruyendo el planeta. Porque no ves cómo inflan a los animales ni ves ni te importa lo que la industria hace con los océanos de estiércol que producen esos animales, y tampoco te importa que la industria ha comprando bosques enteros para sembrarlos de alimento para ganado. El calentamiento global no solo es las avenidas llenas de carritos o las ciudades llenas de chimeneas ni solo los dignatarios como Trump que se niegan a firmar el acuerdo que tendrían que firmar. 

El calentamiento global somos nosotros, carnívoros compulsivos, que compramos carne producida con crueldad, carne de mala calidad, carne que sabe a zapatilla, porque no somos capaces de levantar la cara del plato de comida para entender que nuestro apetito es más grande de lo que parece. Nuestra hambre, nuestro caprichito, nuestra ignorancia, nuestro no querer saber es lado B de la catástrofe. Eso es también el calentamiento global. Por eso, si vamos a hablar de cambio climático y a horrorizarnos, comencemos hablando de lo que tenemos en la refrigeradora. Ahí comienza esta historia. En nuestra pancita.

Hay que tener los cojones y ovarios bien puestos para dejar de comer carne. Lo digo 18 días de abstinencia después. No me muerdo las uñas. No extraño aún. Pero he comenzado a admirar a quienes llevan años en este camino.

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