Diario de un hombre marrón

28 de junio

La conductora de una camioneta enorme atropella media docena de veces a una policía en una calle de Lima. Una señal de tránsito prohibe voltear a la izquierda pero la conductora quiere voltear a la izquierda. La policía se para al frente para evitarlo. La conductora acelera. La policía retrocede por el golpe pero persiste en hacer su trabajo. La conductora vuelve a acelerar y su camioneta empuja otra vez a la autoridad y así una y otra vez. Pasan conductores, peatones, ciclistas y nadie hace nada. Nadie se exalta salvo la persona que registra todo en un video desde su coche.

Este pequeño fragmento de vida cotidiana muestra la prepotente mentalidad del ciudadano privilegiado y sus aliados. Pero la escena no se puede explicar solo desde el plano legal. “Oh, sí, la conductora es una delincuente y merece ir a prisión”. Los actores son múltiples. ¿Qué tipo de sanción merecen todos los que pasan de largo y no hacen nada?

Los peruanos crecemos creyendo que hay personas que tienen derecho a atropellar y otras que están allí para ser atropelladas. Esta correspondencia se advierte en la calle, en la economía, en las acciones de los políticos. Es nuestro racismo: un conjunto de reglas y actitudes que organizan el país.

Importa poner en la cárcel a esa conductora, pero también hay que jalarles las orejas a todos esos espectadores ensimismados que no dicen ni hacen nada, aplastados por la rutina de presenciar esa violencia como si fuera normal.

4 de junio

Los ingenieros Ccolque Huamancuri y Bresciani Camogliano envían sus hojas de vida a una empresa para competir por el mismo puesto, en Lima. ¿A quién llaman para la entrevista de trabajo? ¿Al cholo o al blanco?

Un equipo de investigadores de la Universidad del Pacífico realizó este experimento. Crearon unas cinco mil hojas de vida ficticias y las enviaron a compañías que buscaban empleados.

Los postulares blancos profesionales, solo por ser blancos y tener apellidos de origen europeo, recibieron 120% más de respuestas que los cholos profesionales con apellidos cholos. O sea, cuando las compañías buscan profesionales, prefieren con más frecuencia a los blancos que a los cholos. 

¿Qué ocurre cuando un blanco y un cholo compiten para un puesto de obrero? Según el informe, ambos candidatos reciben similar atención. ¿Cómo se entiende esto? En la mentalidad de muchos empleadores, los cholos estamos hechos para obreros y los blancos para profesionales.

En cuatro años, el Perú celebrará el Bicentenario de su Independencia. En doscientos años de República, no hemos podido desmontar la sociedad virreinal de castas. Al contrario, el Perú moderno es un edificio levantado sobre esas reglas.

24 de junio

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El racismo es un delito en el Perú pero el cómico Jorge Benavides se gana el sueldo insultado a cholos y negros en la televisión.

Esta semana, él iba a evacuar una de sus típicas parodias donde los negros son seres brutos y deformes. Lo anunció en sus redes sociales. Su víctima iba a ser el futbolista ecuatoriano Felipe Caicedo, quien, en la parodia, tiene los labios hinchados como las viejas caricaturas donde los afrodescendientes parecen monos.

Los diarios rebotaron la noticia y también el malestar que el racismo de este cómico causaba en el público. El “humor” de Benavides es tan tóxico que en lugar de alegrar enfada a la audiencia. La secuencia no salió.

Quién sabe qué engranajes se movieron en el canal de televisión, Latina.pe, donde él todavía trabaja. ¿Era tan asqueroso que tuvieron que cancelarlo? ¿Temieron que Caicedo, el futbolista ecuatoriano víctima de Benavides, pudiera querellarlos? ¿Hicieron efecto los mensajes del Ministerio de Cultura del Perú?

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Esta semana, como casi todas las semanas, las noticias peruanas típicas son una invitación al pesimismo. Pero en medio de las siete plagas que azotan a país, lo que pasó con Benavides es esperanzador: lo que ocurre cuando la sociedad da señales de hartazgo, y los directivos de televisión (en modo alerta o supervivencia) deciden hacer su trabajo.

El racismo en el Perú no es una falta más: es la esencia misma del sistema. O sea, el racismo no es el sketch donde un blanco se burla de un negro. El racismo es toda la gente y las fuerzas que conspiran para que algo así exista, incluidos el canal de tele y sus anunciantes. Cuatro escritores de mi generación –Gabriela Wiener, Jerónimo Pimentel, Juan Manuel Robles y Renato Cisneros– publicaron sobre el racismo peruano durante la semana. La coincidencia es buena y un síntoma de algo.

Ojalá un periodista de espectáculos nos contara el detrás de cámaras de esta historia: ¿por qué no salió ese sketch de El Wasap de JB, queridos colegas? ¿Cuál fue la conversación dentro del canal de televisión?

25 de julio

“Pirañitas”, “Lacras”, “Futuras madres adolescentes”. La lluvia de comentarios bajo esta fotografía es una clase maestra de cómo el racismo puede aflorar incluso en los contextos más educados, como la Feria del Libro. El post debería discutirse en las escuelas.

Una celebridad como Gaston Acurio solo debe posar con un grupo de niñas mestizas en un arenal donde se ha levantado una escuela, en una barriada donde ellas lloran su pobreza, en un cerro donde sus familias lo han perdido todo. Pero si las niñas mestizas posan alegres y desenfadadas al lado de la celebridad, en la Feria del libro; si las niñas mestizas no están enmarcadas en la pobreza en que estamos acostumbrados a ver enmarcados a los cholos; si las niñas mestizas son simplemente felices; entonces, los mecanismos mentales del racismo le dicen al racista que esas niñas están fuera de lugar.

“¿Por qué no traen a otras niñas más decentes?”, se pregunta alguien. “Seguro no tienen dinero para comprar libros”. Es loco. ¿Qué dato de la fotografía nos dice que estas niñas son pobres?

Ninguno. O quizá sí. La piel. OCURRE QUE NO SON BLANCAS.

Donde una persona sin prejuicios ve a tres chicas mestizas contentas, el racista peruano ve un atentado contra el orden natural de las cosas. Una amenaza. ¿Por qué los cholos no se quedan en su mundo marginal? ¿Por qué no están dando pena o clamando por ayuda?¿Por qué ellas están en la fiesta de los libros cuando tendrían que estar desgraciándose para ganar el sueldo mínimo?

Cholos + libros = terromoto. Damos miedo.

26 de julio

Esta mañana fui a la radio, me acerqué a la caseta del vigilante y entonces se produjo el siguiente diálogo:

-¿A dónde va?
-A Ampliación de Noticias
-¿DNI?

Alcancé mi documento por la ranura de la ventanilla. El vigilante leyó y tomó nota.

-¿A quién está trayendo?
-A nadie.

El hombre asumía que quizá yo era parte de la comitiva de un dignatario o asesor de prensa de alguna persona importante, y que había llegado temprano para esperar a mi jefe. Quien ha ido alguna vez a la radio o a la tele sabe que las cosas son más o menos así: los entrevistados importantes son precedidos por edecanes, guardaespaldas, secretarios. Nadie me precedía. Quizá yo debía ser el empleado. Era lógico.

-¿Entonces adónde dijo que va?
-A Ampliación de Noticias.
-Para qué, ¿ah?
-Para una entrevista. Yo soy el entrevistado.

El hombre arrugó la frente, extrañado, y preguntó como si dudara de todo lo que le había dicho:

-¿Y sobre qué va a ser la entrevista?
-Sobre RACISMO -le dije mirándolo de cholo a cholo.

¿Hay racismo en este intercambio? A simple vista se trata del típico interrogatorio al que somos sometidos los que carecemos de un aparato o corte que pregone nuestra “importancia”. Resulta tan insignificante que parece más bien una muestra de susceptibilidad de mi parte. Eran las 8.30 de la mañana, muy temprano para amargarme el día. Lo dejé pasar como dejo pasar tantos otros incidentes “insignificantes” que componen mi vida de cholo.

La mañana de ayer, por ejemplo, intenté comprar una botella de agua y una taza de café en una bodega Tambo. Intenté pagar con 100 soles. El encargado no tenía cambio o no quería cambiarme el dinero. Mi esposa tomó el billete. Al rato volvió con el agua y el vuelto. ¿Sabes por qué a ti sí te han cambiado el dinero?, le pregunté. Sonrió. No me habían discriminado ni tratado mal. Me habían tratado como seguramente tratan a la mayoría de clientes. Pero con A., que es de Estados Unidos, los encargados habían sido un poquito más amables, como sabemos ser más amables con los extranjeros.

Es sutil. Es insignificante. Es la manera como los limeños nos leemos la piel y los apellidos los unos a los otros y decodificamos nuestra importancia según nuestra mentalidad virreinal. “Mestizo con india produce cholo”. Es tan cotidiano que hasta parece arriesgado mencionarlo.

¡Estás viendo racismo en todos lados!, me dicen muchas personas.

Lo estoy. Por fortuna. El racismo es peor que el peor de nuestros desastres naturales porque hemos aprendido a no verlo, a taparlo, a disculparlo. El racismo no es el intercambio de palabras o el insulto; el racismo es lo que le da forma a esa manera de tratarnos los unos a los otros.

¿Cuál es la diferencia entre lo que me ocurre a mí y lo que les ocurre a otros cholos que no hablan de esto? Simple: yo lo puedo verbalizar. Estoy aprendiendo a hacerlo.

27 de julio

La mujer que me maquilló antes de la entrevista en la tele observó la tapa de mi libro con curiosidad. Tenía unos veintipocos años, el cabello negro brillante y los ojos adornados con lápiz plateado.

-¿De qué trata? -preguntó.

Le conté: del racismo cotidiano en este país, y cómo he aprendido a hablar de él reconociéndome como cholo.

-Ahhh.

Se quedó en silencio, bajó los brazos y sonrió. Era una sonrisa para sí misma, lo noté a través del espejo.

-¿Te han discriminado?
-Uyyy. Todo el tiempo.

En el tren eléctrico, una mujer que ella define como “blanca” le dijo “No me toques, chola”. Lo típico y no por eso menos escandaloso. Pero lo que más le enfadaba era lo que le ocurría a su hermanita de doce años. Una mujer que trabaja en el mercado adonde ellas acuden con frecuencia, cada vez que ve a la niña, le dice: “Negra. Negra fea”. Ocurre todo el tiempo. Y no funcionan las llamadas de atención. La mujer persiste. “Negra. Negra fea.”

La niña ha escuchado los insultos desde que tenía nueve años. No sé si en la escuela o en otros lugares le digan lo mismo. Ellas viven en Villa María del Triunfo, un distrito de inmigrantes del sur del Perú. La hermana mayor trabaja en San Isidro, corazón de la Lima empresarial y de la clase alta.

¿Sabía ella que la violencia racial es un delito? Técnicamente, la hermana mayor podría traer a la policía y enfrentar a la agresora. Quizá, si grabase la agresión, la evidencia podría servir para que la autoridad detenga a la mujer racista.

No lo sabía. Saberlo tampoco sería gran consuelo. En el Perú no estamos preparados para enfrentar el racismo con la misma diligencia con que sabemos enfrentar, cuando nos lo proponemos, a los presidentes corruptos o a los que nos roban la cartera. Al contrario: muchas veces le echamos tierra al monstruo. ¡Oh, qué acomplejado!, dicen quienes no quieren ver. ¡Pero ya estamos en el siglo XXI y esas cosas no ocurren! ¡Te discriminan porque te dejas discriminar! ¡Estás viendo racismo en todos lados!

¿Cómo crece esa niña ultrajada a diario? ¿Cómo se mira en el espejo? ¿Cómo creemos que los niños ultrajados a diario, en todos los rincones del país, están creciendo? ¿Cómo serán cuando lleguen a adultos? ¿Serán como mi generación?

La mujer terminó de maquillarme y nos quedamos charlando un ratito más antes de que me llamaran desde el set. Cuando eres pobre y cholo, progresar te cuesta muchísimo más porque, además de trabajar y estudiar y hacer lo mismo que otros, tienes que lograr que ese zumbido permanente (“negra, negra fea. cholo, cholo de mierda. chuncho, chuncho salvaje) no te hunda.

11 de agosto

El director del Fondo Editorial del Congreso, Ricardo Vásquez Kunze, es un pequeño nazi. Propone que el Estado no ofrezca sus servicios en las lenguas originarias, solo en castellano, pues de otra manera se pondrá en riesgo la unidad del país.

“Si todos saben y hablan castellano la integración fluye con mayor facilidad que si incentivamos que los servicios públicos se brinden en las lenguas originarias de cada colectividad. Por el contrario, no existirá ningún incentivo de aprender el castellano —nuestra lengua integradora nacional— si los shipibos, los aymaras o los asháninkas se acostumbran a recibir los servicios del Estado peruano en su propio idioma”.

“Se acostumbran”, dice. Y solo le falta añadir la palabra “chunchos” o “indios”.

Esa mentalidad tribal nos ha machacado durante décadas que todo lo que existe fuera de la Lima blanca-urbano-machistoide es un lastre, una carga, una chusma.

El Perú tiene 47 lenguas, 47 acervos culturales, 47 literaturas. 47 fuentes de riqueza. ¿En qué cabeza puede esta maravilla representar un peligro? En la cabeza del racista, el que teme u odia o no comprende la diversidad.

El otro día acompañé a un amigo mexicano al hospital de un pueblo de Maine. Él habla mixteco, una lengua indígena de Oaxaca. Cuando entró a la sala de emergencia, las enfermeras averiguaron cuál era su lengua y se contactaron con un intérprete vía online. Ese hospital de pueblo está capacitado para brindar servicios en unas 200 lenguas. No importa si hablas español, francés, mixteco o abenaki: igual te van a atender. Ese pequeño detalle se llama modernidad. Que todos somos iguales y tenemos los mismos derechos sin importar origen, idioma, religión, sexo. ¿Por qué no podemos aspirar a lo mismo en el Perú? Quizá porque los racistas están donde no deben. Jodiendo. Impidiendo, como trolls, que el Perú sea lo que puede ser.

No importaría mucho si Vásquez Kunze se mantuviera como columnista de su propia revista. Pero importa porque es un funcionario público. Tú y yo le pagamos el sueldo. ¿No es para despedirlo?

Por suerte, su manifiesto nazi sale en la misma semana en que la crítica celebra “Wiñaypacha”, la película aymara de Óscar Catacora, como una muestra de la riqueza de ese Perú que ya no puede ser escondido.

Mientras escribía esta entrada, recibí un inbox del rapero Ricardo Flores-Liberato Kani. Adjuntaba una canción suya en quechua y español. Bilingües. Trilingües. Eso podemos ser. Y también más modernos.

11 de agosto

Cuando el gremio de profesores quiere protestar contra el gobierno, sale a las calles. Los periodistas carajean a los profesores, los llaman terroristas.

Cuando el gremio de empresarios quiere protestar contra el gobierno, tiene columnistas y lobbistas y lobbistas disfrazados de columnistas que le hacen el trabajo. Los periodistas no carajean a los empresarios ni los llaman terroristas, ni siquiera cuando concertan los precios o cuando venden leche que no es leche o cuando una sola empresa se rehúsa a pagar dos mil millones de dólares en impuestos.

Los empresarios dicen que, si no les dan más beneficios, el país estará peor.
Los profesores dicen que, si no les aumentan el sueldo, el país estará peor.

Los periodistas se nerviosean ante la Confiep. Jamás la llamarán en público un gremio corrupto. Jamás llamarán bruto a Roque Benavides.

Los periodistas se envalentonan ante el Sutep. Lo llaman terrorista. Obstruccionista. Y les dicen brutos a sus líderes.

Como lector, no me consta que un gremio sea peor o mejor que el otro. Sé que un sector del Sutep coquetea con movimientos de izquierda radical como el Movadef. Y sé que Dionisio Romero departía con el corrupto Montesinos y le daba movilidad. Pero también sé que no todos los profesores son extremistas ni todos los empresarios son montesinistas.

Como lector o televidente o radioyente solo quiero periodistas entrenados en la imparcialidad, esa forma de profesionalismo que exige que trates a todos con el mismo respeto.

No habría país sin empresarios ni profesores. Y ambos gremios son igual de importantes. Pero como el Perú es un país racista, ¿qué ocurre? Los profesores –los cholos– son apanados en vivo. Y los empresarios –los “señores”– gozan de la deferencia de ser consultados todo el tiempo en las docenas de espacios que existen para que hablen de cuán importantes son sus compañías.

Los periodistas nos quejamos de lo mal que está la Educación. Pero cuando tenemos que hacer algo por ella, como informar nomás, entonces hacemos el papelón más vergonzoso.

17 de agosto

El intelectual en el Perú es un viejo blanco. Un calzoncillo.

Las encuestadoras Datum y Apoyo llegan a este resultado con metodologías diferentes. Datum les pregunta a los ciudadanos en una encuesta abierta. Apoyo, a los líderes de opinión. Habla, chochera, a quién lees, a quien sigues, a quién respetas. El peruano de a pie o de a carro dice lo que vemos en las imágenes.

¿Por qué no hay intelectuales cholos? ¿Por qué no hay intelectuales mujeres? ¿Por qué no hay intelectuales negros? ¿Por qué no hay intelectuales indígenas? ¿Vivimos en una calzoncillocracia? ¿Los cholos somos brutos? ¿Los negros piensan hasta el mediodía? ¿Los indígenas no existen?

Las encuestadoras traen cada año la misma evidencia. ¿A qué se debe? ¿Por qué no estamos más alarmados?

Una librería prepara una conferencia sobre literatura, y los cinco panelistas invitados son varones.

 

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Un diario decide celebrar los diez años de su suplemento económico y le pide comillas a 5 caballeros del zodiaco empresarial.

 

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Un candidato a presidente del país comunica que su equipo de expertos para llevar el Perú al futuro es un equipo de fútbol completo: 11 amigos.

 

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Mejor ni preguntemos dónde están los cholos porque terminamos renegando. Hablemos solo de mujeres. Hace varios años, cuando editaba una revista, muchas de las ediciones terminaban siendo una muestra del mismo problema descrito arriba: un homenaje al calzoncillo. ¿Era yo un machista militante? No. Era un machista por inercia, como aún lo soy, a pesar de toda la terapia de choque a que me someto yo mismo para entender. ¿A quiénes llamamos para escribir?, pensaba. Y terminaba convocando a los que ahora pueden verse en el archivo. Era un machista por default, por pereza, porque no me obligaba a no serlo.

Revisemos los diarios, los programas de la tele, los cursos de universidad. ¿Qué vemos? ¿Qué no vemos? ¿A quién no vemos?

Para ser un líder de opinión, en el Perú, no tienes que ser lúcido o inteligente nomás. Importa muchísimo que los medios de comunicación te den un espacio. En ese espacio construyes tu popularidad.

Esos espacios y los líderes que los disfrutan son muchas veces el resultado de la inercia de quien los ofrece: el editor macho que convoca al opinante macho y, así, en esa danza, todo queda en la cofradía del calzoncillo.

Los editores tenemos que que darles más espacios a las mujeres en los medios. A los cholos. A los negros. A los indígenas. Tenemos que ir mas allá de nuestro machismo por default. De lo contrario, seguiremos siendo este mismo país que somos ahora: ultraconservador, ultramachista, ultra racista. Donde no hay espacio para la diferencia. Una blancocracia. Una calzoncillocracia.

22 de agosto

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Un estudiante de una universidad privada entra a clases y comprueba, con horror, que muchos de sus compañeros son cholos. “Mucha gente confundió la UNI con la de Lima”, escribe en Facebook. “Mi salón parece un museo lleno de huacos”. Enseguida sus compañeros celebraran la broma en esa misma red social, y no se dan cuenta de que son ellos los que parecen ejemplares extraños encerrados en una vitrina. Los cholos de todos los colores hemos aprendido a ver a los blancos racistas como a ejemplares vivientes de un lado del tercer mundo. A pesar de toda la democracia, de toda la apertura, de toda la bonanza, hay quienes no progresan aunque paguen para desasnarse.

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Las criaturas que comentan parecen creer que la universidad es una extensión del jardín de infancia. Que puedes hacerte profesional de mundo llevando clases solo con tus amigos del barrio. Que el país no es más grande que la aldea amurallada donde se amontonan.

Lo peor es que, a pesar de sus taras educativas, estos chicos no son apolíticos. “En la facultad de Comunicaciones -dice un estudiante en otro post- hay puro rojo, izquierdista, socialista, rojo, caviar. ¿Qué hacen en la Universidad de Lima?”

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¿Eso escuchan en casa?

Gracias a las “Confesiones” de estos estudiantes, ahora todos nos preguntamos lo mismo: ¿Qué hacen ustedes en la universidad? ¿Cómo entraron? ¿Se puede estar en contacto con los libros y seguir siendo tan brutos?

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Universidad viene de universo. Si los chiquitines blancos no quieren lidiar con cholos, tendrán que aprender a vivir metiéndose la cabeza donde no les llega la luz. Allí estarán a salvo.

La educación pública es vista siempre como el infierno del que uno se salva pagando para acceder a una escuela o universidad privada. Es un estereotipo que daña la autoestima de los pobres y engaña a las clases medias y a los ricos. Los chicos de la universidad de Lima envueltos en esta historia demuestran que pagar mensualidades no te salva de la ignorancia.

23 de agosto

Un periodista de América Televisión recorre las calles con la difícil tarea de manosear a las inmigrantes venezolanas que encuentre en su camino.”Si algo hay que agradecerle a Nicolás Maduro”, dice ante cámaras, al presentar su reportaje, y a continuación se agacha para medirle el trasero a una inmigrante venezolana. “Ciento once [centímetros], muchachos”, añade babeando. “Gracias, Nicolás” .

Días más tarde, el conductor de un programa de Radio Planeta aconseja a su audiencia de caballeros qué hacer cuando una chica no te hace caso:

“Si la flaquita no quiere, la pepeas y listo”.

Lima es la quinta ciudad más peligrosa del mundo para ser mujer. Ambos “comunicadores” siguen en sus puestos. Sus jefes también.

En las salas de redacción suele haber ventanas para observar el exterior, pero no espejos para que los periodistas podamos contemplarnos a nosotros mismos. El canal donde trabaja el reportero mañosín es el mismo que se enfada con los profesores que están en huelga y lanza titulares que parecen arengas en un circo romano: “Hay maestros ‘parametrados’ que no aprobarán evaluación”. La autocrítica es una virtud desconocida en el oficio. ¿Y si nos evalúan a los periodistas? Si tal cosa existiera, quizá podríamos librarnos de todos estos pastrulines que, además de hablar con la bragueta abierta, lo hacen en horario de protección a los niños.

26 de agosto

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Mira el divertido momento en que la cadena Cinemark Perú anuncia de manera racista -ÑaÑaÑaÑaÑá- la película racista del cómico racista Jorge Benavides. Benavides tiene un prontuario racista. La Sociedad Nacional de Radio y Televisión lo multó por racista y el Comité de la Eliminación de la Discriminación de la ONU consideró que su interpretación de una mujer indígena, la Paisana Jacinta, era ofensiva. Por racista.

Benavides no aprende. El domingo 23 de noviembre estrenará su película racista, y para entonces veremos si la sociedad es capaz de actuar contra el racismo institucionalizado o no. Veremos si una película así, de un cómico así, puede llegar a estrenarse sin que la reputación de la cadena caiga al nivel de la reputación del creador de ese personaje.

Si eso no ocurre, tampoco hay que perder el optimismo. Un día sabremos identificar que un blanco/urbano que se pinta la cara de negro o de marrón para parodiar a una minoría no está siendo gracioso sino que está ejerciendo su chato privilegio de blanco. Lo blanco, por cierto, no es solo un color de piel: es una mentalidad.

¿Qué indígena, en el Perú, se pinta la cara de blanco para interpretar y estereotipar a una persona blanca? ¿Qué persona negra se pinta la cara de blanco para parodiar y estereotipar a los que viven en las aldeas amuralladas de Lima? ¿Saben por qué no ocurre? Porque no tienen el privilegio ni el poder para hacerlo. Ni siquiera están en la televisión.

Un sistema construido sobre la división racial produce esta normalidad. En el post de la cadena de cines, una avalancha de personas afirma que irá a ver esa película.

27 de agosto

Muchos políticos corruptos son tan populares como los cómicos racistas, sin que ser populares haga menos corruptos a los corruptos o menos racistas a los racistas. Lo significativo es que tales figuras tienen apoyo de ciudadanos de todas las clases sociales. Ni el dinero ni la educación te salvan del racismo.

El fin (las obras, la risa) justifica los medios. Ese pragmatismo es un indicador oportuno para visualizar la crisis de la educación en el Perú. ¿Cómo pasamos 11 años leyendo Historia sin vacunarnos contra la corrupción? ¿Cómo pasamos 11 años en la escuela sin aprender a llamar racismo al racismo? ¿Sin saber que ese monstruo del pasado está vivo y nos define como sociedad?

Como los tsunamis, la crisis social no distingue a ricos ni a pobres. No nos salvamos de ella ni los que estudiamos en escuelas públicas ni los de las privadas. Tampoco los que pasamos por la universidad. Hace unos días un grupo de estudiantes de la Universidad de Lima (“mi salón está lleno de huacos”) demostró que es perfectamente posible acceder a la educación superior sin salir de la tribu racista donde creciste. Que puedes ser blanco o cholo y cholear.

¿Por qué nos pasa esto? Hablar del monstruo es un tabú en las escuelas. Como profesor y estudiante no recuerdo haber participado en conversaciones sobre el tema, y menos que estas hubieran formado parte del plan de estudios. En un país conservador y racista, hablar de piel y privilegio es tan difícil como hablar de educación sexual, de género, de libertad.

Ayer por la mañana, en Maine, a seis mil kilómetros de Lima, una persona conducía una 4×4 donde flameaba una bandera confederada enorme. Era la bandera de los ejércitos esclavistas, con esa X siniestra, que los neonazis locales consagran como símbolo actual de su mentalidad purista. Negro, marrón: fuchi. Una amiga que enseña en una secundaria local me contó más tarde que, en su escuela, hay estudiantes que portan la bandera. “No han aprendido nada”, me dijo con una expresión de culpa, como si en realidad quisiera decir: No hemos podido enseñarles. Los racistas pasan por la escuela sin curarse.

Comparto estas imágenes como evidencia.

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El retraso de un país no se mide solo con los clásicos indicadores económicos. El nivel del debate sobre el racismo, en el Perú, es un símbolo de retraso. Negamos cosas que en otros países las personas han aprendido a reconocer hace décadas.

A fines de setiembre asistiré a un taller sobre racismo histórico e institucional. Mi trabajo cubre los gastos. No sé cuál será el resultado del taller ni su efectividad, pero que exista algo así me ha tenido pensando mucho estos días. ¿Por qué hay esto en los Estados Unidos y no el Perú, siendo ambos países muy racistas?

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Estados Unidos sostiene un debate durísimo y cruento sobre el racismo desde hace décadas. El Perú no. Estamos comenzando a duras penas. Durante mi último viaje a Lima, a propósito de la presentación de No soy tu cholo, los funcionarios de la Dirección de Diversidad Cultural y Eliminación de la Discriminación Racial, del Ministerio de Cultura, me invitaron a conversar con sus trabajadores. Querían saber cómo poder hablar de racismo en público, en las redes sociales, en los medios de comunicación, donde campea el negacionismo.

No tengo una fórmula, solo mi experiencia y una certeza muy obvia. Un problema así de grande solo se empieza a resolver encarándolo. Exponiéndolo. Hablando de él. En el camino, supongo, aprenderemos a respetarnos unos a otros.

29 de agosto

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Gladys Tejeda creció corriendo para no llegar tarde a clases, en los Andes peruanos, y ahora es uno de los seres humanos más resistentes del planeta. Es chola, maestra de profesión y su dieta de ganadora incluye maca, máchica y chuño.

De niña corría un kilómetro y medio para ir a la escuela, en Junín, como tantos niños de las montañas que los peruanos de ciudad ven, vemos, desde las ventanillas de los carros cuando atravesamos ese país “lejano” de donde venimos los cholos. La fortaleza de Gladys no es solo física. Cuando eres pobre, la vida te entrena sin tu permiso. La paradoja es peligrosa. Las desventajas pueden destruir tu talento o cultivarlo.

Gladys ganó su primera competencia a los once años y le entregó el premio (cincuenta soles) a su mamá. Veinte años más tarde, esa misma niña ha ganado la maratón de México por segunda vez y ahora le dedica el triunfo al Perú, ese país rarísimo donde los cholos todavía somos vistos con sospecha o desdén. Esa adversidad tribal, lejos de ahogarnos por completo, produce cada cierto tiempo cholos universales. De Garcilaso a Vallejo a Ima Súmac a Tejeda.

Gladys se ha pasado corriendo toda su vida para recordarnos dónde está nuestra fuerza. El racismo no es una expresión de poder, como quizá suponen quienes aún desprecian a los cholos, a los negros, a los indígenas. El racismo es una expresión violenta de debilidad. Nuestro subdesarrollo. Gracias, Gladys, por guiarnos hacia a la meta de ser nosotros mismos.

29 de agosto

Gimlet Media es una radio por internet joven y ambiciosa y la mejor historia que ha publicado hasta hoy es su estrategia de recursos humanos: ya no quieren más hombres blancos en planilla. Quieren más diversidad.

La empresa tenía 27 empleados, en el 2015, y solo 3 de ellos no eran blancos. ¿Qué sentían? El CEO conversó con ellos en un podcast público. La demografía de la empresa no reflejaba la demografía de Nueva York, donde quedan las oficinas de Gimlet, ni la demografía de sus audiencias.

Gimlet era una empresa blanca no solo por la piel predominante de sus empleados “sino desde el contenido de nuestros programas”, como señala la compañía en su reporte más reciente. ¿Era eso tan grave?

Los directivos advirtieron que la composición étnica y sexual del staff traicionaba la misión de la compañía. También ponía en riesgo el negocio. “Queremos ayudar a nuestros oyentes a entender el mundo y a sí mismos, y no podemos entendernos unos a otros si no tenemos una diversidad de voces, experiencias vitales y puntos de vista”, añade el reporte. “Las personas no blancas son el segmento de la sociedad que está creciendo más rápido: si no estamos produciendo programas hechos por y dirigidos a esas audiencias más diversas, entonces no vamos a tener éxito como empresa”.

Gimlet se propuso ser más diversa como tarea, y este horizonte ha guiado a la oficina de recursos humanos desde entonces. No solo iban a contratar a personas que tuvieran raíces culturales diferentes, sino a más mujeres y profesionales lgtbi.
La imagen que comparto muestra la evolución del staff en dos años. Es información pública. La audiencia puede monitorear el compromiso de la empresa.

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* * *

El gerente de recursos humanos de la oficina donde trabajo me preguntó hace unos días de qué raza y etnicidad me considero. Él es un pelirrojo de Nueva Inglaterra, como se llama a esta región de los Estados Unidos, compuesta por estados viejos y de población mayoritariamente blanca.

“Soy cholo”, le dije. “Quiero decir mestizo”. Él necesitaba esta información porque iba a inscribirme en un taller de capacitación. La pregunta es usual en el entorno oficial, igual que aquellas que indagan sobre tu identidad sexual. Te lo preguntan en hospitales, escuelas, oficinas. Entonces respondes lo que eres, lo que crees que eres, lo que deseas ser.

Estados Unidos es un país racista, igual que el Perú, pero su discusión sobre la “diversidad” nos lleva décadas de adelanto. Los gringos llegaron a la Luna primero. ¿Nos ganarán también en conocer la verdadera tolerancia?

* * *

La conversación sobre la diversidad, en el Perú, parece a punto de entrar a un capítulo nuevo. Como un huevo que quiere ser pollito. Casi se puede oír el cascarón crujiendo. ¿Qué país tenemos escondido dentro de nosotros mismos? En el próximo censo de octubre, los peruanos podremos responder abiertamente qué somos o qué creemos que somos.

¿Qué eres? ¿Yo? Soy cholo. Mestizo. Un poco de aquí, un poco de allá. Otros dirán que son blancos, que son shipibos, que son negros, que son huitotos, que son aymaras.

¿Qué pasaría si las oficinas públicas peruanas y las empresas privadas y cada quién en sus proyectos empleásemos a peruanos de orígenes radicalmente distintos? ¿Si nuestras estrategias para contratar trabajadores fuese más ambiciosa, menos cerrada, más moderna? ¿Dialogaríamos mejor? ¿Nos odiaríamos menos? ¿Nos conoceríamos más? ¿Romperíamos por fin el huevo?

4 de setiembre

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Un locutor de Radio Planeta 107.7 aconsejó a su audiencia varonil que, si una chica los rechazaba, entonces debían drogarla y luego violarla. Lo dijo con otras palabras: “si la flaca no quiere pe, entonces la pepeas pe”. Algo así.

Un reportero de América Televisión salió a la calle con una cinta métrica y, delante de cámaras, les midió el trasero a varias chicas que vendían cosas. Eran inmigrantes venezolanas y, según el reportero, el dictador Nicolás Maduro las estaba enviando de cortesía para que los machitos locales pudieran servirse. Una de las chicas era menor de edad. Días después, algunas de ellas denunciaron que los hombres las estaban acosando sexualmente en la calle.

El siguiente paso en este pantano lo acaba de dar un camarógrafo del Diario Líbero, de Diario La República, que mostró obsesivamente el trasero de una periodista mientras su audiencia le pedía en vivo que ponchase la etiqueta del jean. El man, por supuesto, ponchaba.

Hay hombres incapacitados para la vida en sociedad. ¿Por qué los medios insisten en darles cámaras, micrófonos y llamarlos periodistas?

En un país con los índices de violación y violencia contra la mujer que tiene el Perú, estos “comunicadores con la bragueta abierta” deberían estar manipulando micrófonos dentro de la cárcel. Qué asco por ellos y qué pena por las empresas que los emplean.

4 de setiembre

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Cerveza Corona reunió en una casa de playa a 15 chicos que hacían “cosas distintas”, les dio “todas las comodidades del mundo” para que se divirtieran y el resultado es la clásica publicidad racista de siempre.

¿Por qué racista? Por la elección de los personajes, de las tomas, de los que sirven, de los que son servidos, de los que salen en primer plano, de los que salen difuminados.
El filtro con el que está compuesta esta campaña es la piel. “Eres cholo: sal de la toma”. “Eres blanco: bienvenido a la fiesta”. El triste endiosamiento de un fenotipo minoritario, y el ocultamiento de otros tipos mayoritarios o significativos. ¿Cuáles? Los de siempre, pues: cholos, negros, chinos, japoneses, amazónicos. Uno puede hacer estadísticas a partir de los videos de Corona (porque son muchos) y concluir que:

1) Si eres cholo, y quieres salir allí, lo lograrás con mayor facilidad si eres músico o barman o cocinas anticuchos
2) El 90% de chicos y chicas que salen son blancos
3) El Perú no es así
4) Lima tampoco es así
5) Miraflores tampoco es así
6) Ni siquiera San Isidro, la UPC ni la Confiep son así
7) ¿Qué demonios es así?
8) La cabeza de los publicistas, de sus clientes y, claro, sus videos racistas.

La campaña no está dirigida a los chicos blancos o rubios, que no es un mercado tan grande. Está dirigida a los chicos blancos que se portan como blancos y a los chicos no blancos que quieren ser blancos blanqueándose consciente o inconscientemente, y este sí es un mercado importante. Como dice el matemático Harald Helfgott: “blanco” es en parte algo que existe en la imaginación. Y no por eso es menos real.

El racismo está entre nosotros aunque lo neguemos o precisamente porque lo negamos. ¿Hay algo más autodestructivo que esto? Nos discriminamos entre peruanos como si algo bueno pudiera resultar de esa violencia. El racismo es nuestra guerra fría.

Es irónico que una cerveza agrande el abismo, cuando brindar y decir salud es precisamente una oportunidad para conocer al otro, para hacer amigos, para enamorarnos. Salud pero nunca con Corona.

11 de setiembre

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Una cliente de supermercados Wong le gritó enfurecida al vigilante: “¿De qué cerro te has bajado, serrano? Qué me puede importar a mí un vulgar portero, un portero de Wong, por eso te quedarás como portero toda tu vida”. Fue en enero de 2016. El vigilante estaba seguro de que la mujer salía de la tienda sin pagar unos productos. La mujer lo negaba y maldecía. Una niña, la hija de la agresora, lloraba en la vereda.

La cliente había trazado con sabiduría la frontera mental que separa al Perú: los que se alucinan “blancos” están a un lado y los cholos deben mantenerse en el otro. Según ese mito tribal, el vigilante marrón ni siquiera tiene derecho a dirigirle la palabra a la cliente “blanca”. No es casual que esto ocurriese en Wong.

Wong alienta el racismo y el culto a lo blanco. La mayoría de sus anuncios parecen frescos de la vida cotidiana en algún país de fantasía, donde la gente solo es blanca y donde los cholos, mestizos, negros y más hemos sido eliminados durante alguna guerra étnica que desconocemos. Por eso, en la publicidad de Wong, papá y mamá son blancos; mi hermanito recién nacido es blanco; el abuelo y la abuela son blancos; incluso mis muñecas son blancas. ¿Hitler es presidente vitalicio y sus generales son gerentes de tienda?

Hace unos días, Wong publicó un aviso que saludaba a la familia peruana. Para variar, todos en la foto eran blancos. Muchas personas le respondieran a la empresa desde las redes sociales usando palabras como: “Racista”, “Discriminación”, “Escandinavia”.

Lo más espeluznante es que Wong conoce bien a sus clientes reales, que para nada se parecen a los modelos de la publicidad. En junio de 2017, el supermercado publicó en Facebook fotos de las personas que compran en sus tiendas, como parte de una campaña para reconocer la amabilidad. En esta entrada, he intercalado fotos de los anuncios típicos de la tienda con imágenes de aquella campaña. Juzguen ustedes mismos: publicidad versus realidad. ¿En qué se diferencian?

Los modelos de publicidad de Wong son repetitivamente blancos. Los clientes son cholos de todos los colores. ¿Cómo se explica esta contradicción?

El racismo en el Perú no solo es las personas insultándose las unas a las otras sino esa muralla invisible que a cada momento levantamos para ubicar o ubicarnos donde pertenecemos. Serrano a tu cerro. Blanco a tu condominio. El racismo es un sistema que nos envuelve y está lleno de mitos autodestructivos. Uno terrible es aquel que nos convence desde niños de que ser blanco es ser superior, y de que el cholo es un perpetuo invasor en “nuestros” dominios “blancos”.

¿Eres cholo? Tranquilo: Compra en Wong y te sentirás un poquito más claro, un poquito más flaco, un poquito más como esos seres de fantasía. Tal es la lógica de sus anuncios, que solo sirven para alimentar el mito.

Lo bueno es que la publicidad comunica abiertamente la doble moral de los ejecutivos de la empresa: Wong vive del dinero de los cholos pero sus anuncios son un manifiesto nazi contra ellos. El cielo es el límite pero los ángeles solo pueden ser blancos.

Un día, los peruanos del futuro verán estos anuncios como la prueba irrefutable de la violencia racial del siglo XXI, igual que hoy vemos con espanto los anuncios sobre la subasta de niños esclavos en el siglo pasado. La cuestión es cómo damos todos -incluido Wong- un paso más allá de esta realidad y qué tan pronto lo hacemos. El racismo destruye la autoestima de los clientes junto a la reputación de la empresa. ¿Cómo hacemos que casos como este sean más que meros fusilamientos en redes sociales contra una compañía?

Empresas como Wong tienen que seguir con más atención el debate sobre el racismo. No hay excusas para no hacerlo más que la terquedad. La discusión está ocurriendo ahora mismo, en sus narices, y todos juntos estamos aprendiendo poco a poco a respetarnos más allá de la piel. Los empresarios también pueden aprender a hacerlo. No ser racistas es el único futuro posible.

13 de setiembre

Una manera de medir la extraña prosperidad de Lima podría ser calculando la cantidad de dinero que sus habitantes invertimos o desperdiciamos en enrejar nuestra ciudad. Los limeños somos arañas expertas en cubrir con hierro forjado nuestras propiedades: enrejamos nuestros buzones de electricidad, nuestras puertas, nuestras casas, nuestras calles, nuestros barrios. Algunos alcaldes han comenzado a enrejar árboles, quién sabe si para protegerlos de los ladrones o para que no se escapen de la ciudad.

Lima es una ciudad de barrotes y de tranqueras, de murallas y de fronteras endiabladas que nos separan. Esto no es normal. O es normal a la limeña, donde para no enfrentar la larga posguerra que ya dura casi dos décadas nos concentramos en enfrentar un problema cuya solución creemos que puede ser individual: la inseguridad. ¿Somos tan “ricos” o tan “ladrones” que queremos robarnos unos a otros? Se salva el que se enreja primero. El Estado también sigue este mandamiento. Palacio de Gobierno y el Congreso están aislados con barrotes negros. Muchos ladrones trabajan dentro.

Las rejas de Lima llamaron la atención de un reportero de guerra acostumbrado a escenarios hostiles como Caracas o Bagdad. “He vuelto a un país donde la clase media para arriba vive detrás de rejas y alambre de púas electrificadas”, dijo el corresponsal Jon Lee Anderson con una mezcla de pena y espanto, en el 2015. La Lima que recordaba, la de los años setenta, era una ciudad donde se podía caminar sin necesidad de mostrar el DNI en cada cuadra, en cada reja. ¿Qué nos pasó? ¿En qué momento la ciudad que pudimos ser se convirtió en la ciudad que lamentablemente somos?

Las rejas son señales de desconfianza, de miedo, de odio. Son la arquitectura de lo que pensamos y sentimos y padecemos: racismo, clasismo y una mentalidad tribal que nos hace creer que un conjunto de aldeas separadas pueden llamarse ciudad. En Lima, enrejamos y amurallamos todos: los ricos de La Molina levantan una pared para separarse de los pobres de Ate. Levantan rejas las nuevas clases medias de La Perla para separarse de sus vecinos de Ciudad del Pescador. Levantan rejas los pobres, que en su pobreza, saben distinguir al que tiene menos del que tiene aún menos, como ocurre en la calle Tacaymano, donde viví, en San Juan de Lurigancho. Las rejas que encarcelan el barrio de mi infancia son el principal cambio urbanístico ocurrido en dos décadas. Décadas de posguerra.

En la nueva temporada de Radio Ambulante, el escritor Juan Manuel Robles cuenta la historia de un suizo loco que se mudó a Lima, a inicios de los años setenta, cuando la ciudad era más o menos transitable, y decidió hacer lo que solo un loco haría: un mapa de calles.

https://www.npr.org/player/embed/547931227/550433706

El suizo se llama Oliver Perrotet y solo compartiré este fragmento de su historia:

Dice el presentador: Solo faltaba imprimirla (la guía de calles), y para esto (Perrotet) necesitaba dinero. Salió a las calles de nuevo, ahora a tocar puertas de empresas. Les ofrecía anuncios publicitarios en el mapa. Y ahí, pues, el hecho de ser extranjero lo ayudó bastante.

Dice Perrotet: Como gringo no tenía realmente restricciones: “Pase señor”, ¿no? Aunque tenía yo barba y pelo largo. Pero quizás tal vez por eso, ¿no?, era un personaje un poco fuera de lo común, ¿no?, y que infundía respeto.

Ser gringo, blanco, era una llave que le abría puertas en una sociedad que considera que lo blanco es “serio”, “importante”, “formal”. En los años setenta, Lima era una ciudad más pequeña, con menos cholos, con menos barriadas, con menos rejas, pero su espíritu era bastante racista.

Los años pasaron. El país era un caos. Juan Manuel Robles se mudó a Lima a inicios de los noventa, cuando era un adolescente, en plena época del terrorismo y Fujimori y Montesinos. Los adultos leían los diarios y decían que la economía mejoraba. Los diarios también informaban que las combis asesinas comenzaban a matar a tantas personas como Sendero Luminoso. Esta nueva violencia parecía menos importante acaso porque no tenía ideología. Eso creíamos. El caos urbano ayuda a distraer a los ciudadanos mientras las autoridades roban.

Dice el presentador: “Juan Manuel volvió a vivir a la casa de una tía, en un barrio llamado Corpac, de clase media, en el distrito de San Isidro. Y para él, Lima era una ciudad de límites: “No cruces esta avenida”, “No pares en esa esquina”, “No entres a ese barrio”. Son el tipo de indicaciones que te da la gente que te quiere, y lo hacen para protegerte. Total, Lima estaba saliendo de años de violencia. Pero, al hacerlo, crean una cárcel casi involuntaria…

Juan Manuel: Y en la mente de un niño es… es realmente poderoso ese límite, ¿no? Es un límite que te paraliza, como dices: “¡No!”.

Escuché esta historia increíble mientras conducía, en Maine, entre bosques y lagunas: un paraíso sin mucha gente o un purgatorio sin transporte público. Y extrañé algo que casi ya no extrañaba de Lima. Extrañé ese futuro maravilloso que pudimos construir y que no construimos.

¿Será que esa Lima está oculta en algún lado, en algún mapa perdido, acaso en aquel plano de calles que trazó Perrotet? ¿Cómo podemos buscar esa ciudad? Quizá para hacerlo tendremos que comenzar a desmontar todas las rejas que nos ahogan.

 

23 de setiembre

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Conoces a una chica linda y educada pero se apellida Quispe. ¿Qué haces? Respuesta: Todo lo que quieras, pues, pero jamás la llevas a tu casa. Y menos se la presentas a tus viejos.

La página MAS NAKI PA’ TU KENTUCKY publicó un lindo meme racista que ha generado una abierta batalla campal en Facebook.

1. Meme Quispe.jpg

Sujetos racistas han salido armados y están agarrando a botellazos a quien se atreva a reclamar contra la publicación:

“Había un comentario de un broder apellidado Siucho o algo así…”, dice un tal Sebastian Barth. “El broder era todo un marroncito y se creía blanquito… que pendejo”.

“Trata de quedar bien pero se avergüenza de su apellido, típico de serranos”, dice un tal René Dominguez.

“Yo sé que quizás en un momento tenga jefes quispes, mamani, condori, choquehuanca, yupanqui, pero es lo que es, luego yo seré su patrón”, dice un tal Luis Salgado.
Y así.

¿Es el Perú un país racista? No hay que venir a las redes sociales para saberlo, ¿no? Basta ver la televisión o el gabinete de ministros o recordar nuestras escuelas o lo que se dice en nuestras familias de los que consideramos inferiores a nosotros: los cholos, los negros, los Quispes, los indígenas, los amazónicos y así. Si algo define el racismo en el Perú, es esa mentalidad piramidal donde todos tratamos de escalar como podemos para llegar a esa puntita de privilegio donde habitan los “blancos”. Lo blanco no es una piel sino un mito. Un disfraz maleable que cada quien adopta para juzgar a través de él a los que se puede juzgar.

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Blanco / mestizo / indígena.

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En orden de “importancia”

De esa manera, en los comentarios del post, Dominguez puede “serranear” a Amancio y Salgado puede alucinarse patrón de “Yupanqui”. Dominguez y Salgado no son blancos, pero actúan como tales; al menos hasta que llega uno que se apellida Barth y que tiene piel clara (al menos en el videojuego de Facebook) y, por tanto, la autoridad cromática para recordarle a Castro que su nombre es “cagón” y “pa concha” su apellido “es Castro”. Nadie insulta “racialmente” a Barth. Este es el privilegio del “blanco”. El “blanco” es inmune, la medida de todas las cosas, un ser libre de “impureza racial”. Los sucios son los otros, los “marroncitos”, los “negritos”. Sin ser tan conscientes de esta lógica autodestructiva, aprendemos desde la familia y la escuela que “blanco” es la puntita de la pirámide y que no hay éxito posible en el Perú si no te blanqueas. Por eso Barth sabe que está arriba de Castro y Castro lo acepta callado pero sabe que, al menos, está arriba de Quispe.

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Pirámide racial

El racismo es un tsunami constante en cuya efímera inestabilidad creamos países inestables. Nos estudiamos el color de piel hasta hacernos sangrar. Nos rastreamos los orígenes hasta incomodar a nuestras momias. Una sociedad donde la gente se agarra a chavetazos por un apellido es una que no ha podido desmontar esos mitos de superioridad “racial” en el único lugar posible: la escuela.

El meme de esta página y sus comentarios expresan lo que piensan muchos políticos y empresarios. Ellos jamás lo dirán en público, pero defienden a muerte la división fundamental de nuestra República: hay un Perú de sirvientes y otro de patrones. Un Perú de Quispes y otro de “blancos” y “blanqueados”. Cuesta mucho escapar de esa lógica, pero la educación es la única manera y es un peligro. El Quispe educado se vuelve rebelde y preguntón. El “blanco” educado entiende que sus privilegios son gratuitos y que la solidaridad no solo es un asunto religioso sino una expresión de inteligencia.

3 de octubre

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¿Qué te gusta de ser blanco?, le preguntó el instructor de un taller sobre racismo a un auditorio mayoritariamente blanco. Luego hizo lo mismo con quienes se identificaban como negros, asiáticos y latinos.

Los blancos respondieron:

-Me gusta ser parte de la cultura mayoritaria
-No noto mi blancura
-No estoy especialmente preocupado por mi seguridad
-Soy escuchado
-Mis hijos no son señalados
-Beneficios financieros
-Estoy representado en la publicidad
-No tengo que pensar sobre ser blanco
-Los estándares reflejan mi imagen
Y así.

A la misma pregunta, los negros respondieron:

-Mi estilo
-Mi comunidad
-La cultura del abrazo
-Mis raíces africanas
-Mis curvas
-La música
Y así.

Los asiáticos reconocieron sus idiomas, su espiritualidad. Los latinos destacaron la lealtad, el colectivismo, la cultura del almuerzo, la salsa, la diversidad.
Y así.

El instructor escribió las respuestas en un papel para que todos pudiéramos verlas. Entonces se generó una ronda de comentarios. Había quedado claro que los blancos estaban orgullosos de su poder. Muchos que se identificaban así preguntaron por qué no habían destacado valores o características culturales. Por qué los blancos no estaban orgullosos de su comida o de eso que una persona de la India llamó “espiritualidad”.
Yo soy irlandés, dijo una persona rubia. Quiero decir de origen irlandés. Pero cuando me preguntan en situaciones oficiales, nunca recuerdo eso. Digo que soy blanco.
Una mujer blanca de cabello negro dijo que ella, en su niñez en Nueva York, había sido catalogada como irlandesa negra. Pero de eso había pasado medio siglo. Y ahora aceptaba que la definieran como blanca nomás. El instructor habló de sus raíces alemanas y de cómo éstas se habían diluido en un sistema que te clasifica de inmediato por tu piel.

El concepto “blanco” impide a los blancos explorar y reconocer su propia diversidad. Los aplana de una manera similar que hace con los otros grupos, pero con una ventaja: el sistema “blanquea” al blanco para que este se concentre en su poder. Para que administre la pirámide ejerciendo presión hacia abajo. La aplanadora te concede poder a cambio de que olvides de dónde vienes, o de que lo recuerdes vagamente, como un asunto que definía a tus abuelos pero no a ti.

Pasé dos días en este taller sobre racismo en la tierra del tío Trump pero no pude dejar de pensar en el Perú. En un momento de la conversación, cuando los blancos estaban muy conmovidos y llenos de culpa, comenté que su país es racista, igual que el mío. Pero había una diferencia notable. Ustedes están discutiendo sobre esto, les dije. En el Perú, un diálogo así es imposible en este momento. Ciencia ficción. La gente me miró con cara de no creerme: ¿De verdad allá no hablan de esto? ¿Entonces de qué hablan cuando hablan de racismo en América Latina?

Hay varias maneras de enfocar el racismo, en el Perú. La más popular es aquella que asume que se trata de una especie de enfermedad que ataca a unos individuos y no a otros. Como cuando el señor grita negro de mierda. Y todos nos indignamos en las redes y encendemos la hoguera para quemar al maldito.

La más difícil de aceptar, la que no vemos aún, es que el racismo está en la esencia misma de nuestro sistema. El racismo le da forma a nuestra economía, a la política, a la literatura, a la moda e incluso al amor y al erotismo. El racismo te dice con quién casarte y con quién no. A quién respetar y a quién no. El sistema es racista y, a través de la escuela, la familia, el Estado, los medios y todas las instituciones, nos asigna un lugar según nuestra piel, nuestro origen. Esta explicación es más difícil de aceptar porque te lleva a mirarte en el espejo. ¿Qué lugar ocupas en este juego? ¿Qué función desempeñas? ¿Aceptas las reglas, las aprovechas, las cuestionas, te rebelas contra ellas? ¿O todo esto te resulta indiferente?

El racista perfecto no es aquel que proclama lo que piensa sino quien no ve el racismo o quien, viéndolo, asume que no es su problema. Tiene que ver con callar más que con gritar. He visto a ese racista en mi familia, entre mis amigos, en el espejo. El racismo es nuestro monstruo. El terremoto que no queremos atender.

4 de octubre

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Todos deberíamos ser feministas, decimos. El discurso de la escritora Chimamanda Ngozi Adichie es tan contundente que es imposible no abrazar esa bandera. Muchos escritores machos lo hemos hecho en público, a nuestra manera: escribiendo. Escribir que eres feminista, que estás con las mujeres, que tu lucha es su lucha, está bien. Excelente. Veinte en examen escrito.

Pero una cosa es escribirlo y otra cosa muy distinta es serlo. Los escritores somos buenos ejerciendo la solidaridad con las palabras: firmamos cartas, lanzamos columnas ardientes al viento. Pero hay algo que muchos escritores machos no hacemos todavía tan bien: salir de nuestro escritorio para practicar lo que decimos.

En pocas palabras, si escribes que eres feminista, tienes que serlo. La forma plena de solidaridad -con las mujeres, con los cholos, con la comunidad lgtbi- no es la palabra solita: es la acción.

Cinco chicos se van a reunir para hablar de literatura peruana. La mesa es una magnífica oportunidad para entender que esa “Literatura” es una idea de literatura incompleta y decadente. Una idea de literatura heredada de generaciones anteriores, donde los machos blancos y urbanos se refocilaban entre ellos, y las mujeres eran las musas o las rebeldes solitarias, las intrusas. (Y los cholos huían a París).

Me da mucha pena que gente que admiro validará con su presencia esta manera rancia de entender la literatura peruana. Que en lugar de decir que no (así no es) dicen que sí (así es, pues, varón). Con todo el cariño que les tengo, les digo, compañeros:

ESA NO ES LA LITERATURA PERUANA DE HOY.

La literatura peruana de hoy es más diversa, más compleja, más rebelde, más preguntona, más empática, está más cerca de los lectores que nunca y de las luchas que estos y estas libran.

¿Dónde están las mujeres? ¿En el panel de Mujeres y Literatura? ¿Por qué los hombres no están más bien en el panel de La literatura y el Calzoncillo? Porque sencillamente el mundo en que vivimos está hecho por machos. Y si no nos rebelamos contra él (si no educamos a la Embajada Peruana en España para que organice mejor sus eventos, si nos dejamos amoldar por el poder), solo seguiremos reproduciendo eso que tanto decimos (escribimos) que nos jode.

¿Dónde está nuestro feminismo, chicos? Por favor, amigos, no envejezcamos de esta manera.

8 de octubre

El Tío T ha mordido a los pobres del “Primer Mundo” y los ha contagiado de fascismo. El blanco pobre se ensaña con el inmigrante (que se “roba” los puestos de trabajo) para no reconocer que el sistema no lo beneficia. El blanco está tan jodido como el marrón, pero al menos se encuentra un escalón más arriba y puede culparlo. Es más fácil culparlo que cuestionar el sistema. El Gobierno te invita a hacerlo: We’ll build the wall, dice. Como si construir un muro para protegerse de lo que está fuera pudiera remediar lo que está roto dentro. 

Muchas empresas, en Maine, no encuentran mano de obra. La epidemia de heroína y opiáceos ha barrido con la clase trabajadora. Burger King no usa sus carteles para anunciar hamburguesas sino para clamar por gente dispuesta a prepararlas. Hasta 10 dólares la hora. Un sueldo que no alcanza para alquilar un departamento y comer. Una amiga gana eso como cajera de banco (el motor del capitalismo) y se gasta la mitad en la guardería de su bebé. Viven con 200 a la semana. Cómo hacen? La última vez me preguntó si conocía un programa gratuito que la ayudara con métodos de planificación familiar. Ella no tiene seguro médico. Su pareja no tiene trabajo.

Estados Unidos es un Estado rico a partir de exprimir a los exprimibles. Los blancos pobres no culpan al Estado de su miseria. Culpan al inmigrante marrón. El racismo divide a la clase popular. El fascismo es el arte de administrar ese odio para tener ocupados a los pobres peleándose entre ellos. Pasa en los Estados Unidos. Pasa en América Latina.

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