Querido diario:

Jueves 22 de agosto / 2019 d.C.

La basura es una presencia cotidiana en las veredas del barrio, y cada paseo se vuelve una experiencia de lectura de los hábitos de consumo de los vecinos y visitantes, como una manera de saber qué está ocurriendo en este pequeño pedacito del mundo. Caminas en la compañía de vasos de plástico, platos de comida, bolsas vacías, botellas rotas, sillas de oficina, colchones, sofás, cajas de cartón de Amazon. El otro día, mientras caminaba con Piji, me topé con una caja vacía de píldoras del día siguiente, justo al lado de una escuela secundaria. Me pregunto cómo es que la basura llega a las calles. ¿Será que muchos la tiran desde los coches o mientras caminan? Nunca he visto a nadie hacerlo. Es raro. Aunque quizá los gatos del barrio tienen alguna idea. Esta mañana, vi a un gato blanco con manchas marrones lamiéndose las patas delanteras, muy limpio y educado, justo al lado de una bolsa de basura enorme que acababa de rasgar y que un vecino había dejado en la calle a pesar de que el camión pasa todos los lunes. El contenido de la bolsa empezaba a desparramarse. ¿Será esta la única fuente?

Miércoles 21 de agosto / 2019 d.C.

Clases de salsa. Todos los jueves desde la siguiente semana.

Martes 20 de agosto / 2019 d.C.

Una mesa con media docena de estudiantes del programa doctorado en la Universidad de Pensilvania, especialistas en biotecnología, inmunología, ingeniería molecular, y reina entre nosotros el silencio incómodo y típico entre extraños que no se conocen. Asistimos a una reunión de orientación entre los beneficiarios de la beca Fontaine, para estudiantes de color, de minorías, de primeras generaciones en obtener educación superior. El ambiente es el de una misa. Y mientras la orientación tarda en comenzar, en la mesa, nos presentamos, explicamos a qué nos dedicamos cada uno, y volvemos al silencio. El segundo intento, ¿de dónde eres?, marca una diferencia: una colombiana, un venezolano, un puertorriqueño, una dominicana, una mexicana. Diez minutos después estamos todos hablando y riendo a carcajadas sobre las telenovelas de nuestras respectivas infancias. Xica Da Silva, Doña Bárbara, Abigail.

-¿Abigail? ¿Pero qué es eso?

Olvidaba que soy el mayor de todos. Un estudiante de doctorado de cuarenta años, en una etapa que otros emprenden a los veintes o treintas.

-¿Catherine Fullop? ¿La conoces?

-Pues no.

* * *

El síndrome del impostor. Una de las orientadoras pide que levantemos la mano quienes lo sentimos. Es decir, quienes creemos que hemos sido aceptados en el programa de doctorado de esta universidad por error, que no somos lo suficientemente capaces, que somos un fraude y que un día alguien se dará cuenta y nos descubrirá. En el salón hay medio centenar de estudiantes negros, latinos, asiáticos, y casi todos levantan la mano. El momento es abrumador. Yo no levanto la mano, me siento bien, relajado. Pasan las horas, las charlas, la descripción de todo lo que tenemos que hacer, y al final del día también creo que más pronto que tarde se darán cuenta de que los he engañado.

Lunes 19 de agosto / 2019 d.C.

¿Por qué en Latinoamérica no leemos a James Baldwin con la misma atención que leemos a Faulkner? Hace unos meses expuse sobre esta pregunta en una conferencia en la Universidad Diego Portales llamada De qué color es la literatura.

La literatura afroamericana es normalmente etiquetada por la industria y la crítica como una literatura de nicho, un fenómeno de y para los afroamericanos. El prejuicio se está rompiendo, pero aún es parte estructural del canon literario y define qué leemos y a quién e incluso cuándo.

Esa vez, comenté una conversación entre los escritores Evan Ratliff (blanco) y Kiese Lymon (negro). Ratliff decía que, al leer el libre reciente de su colega, si bien lo había disfrutado, también había sentido que no estaba dirigido a él, que era casi un intruso recorriendo una obra dirigida a otras personas negras. La réplica de Lymon fue iluminadora. Yo consumo todo el tiempo cosas que no están diseñadas pensando en mí o en alguien como yo, le dijo; desde cómics hasta Game of Thrones, y lo disfruto.

La literatura blanca tiende a lo universal, se cree de manera equivocada. La literatura negra tiende al nicho, se cree de manera equivocada. Ocurre algo similar con las conquistas políticas. La revolución francesa es un fenómeno universal. Los movimientos sociales negros (contra la esclavitud, por el sufragio universal, contra la segregación) son fenómenos locales de la historia específica de los negros.

La periodista Nikole Hannah-Jones ha escrito un ensayo alucinante, de múltiples capas, sobre el aporte de los afroamericanos a la democracia de los Estados Unidos; es decir, a la democracia más emblemática del mundo.

Los Estados Unidos son un país fundado a la vez sobre un ideal y una mentira. Nuestra Declaración de Independencia, aprobada el 4 de julio de 1776, proclama que “todos los hombres son creados iguales” y “provistos por el Creador con ciertos derechos inalienables”. Pero los hombres blancos que escribieron esas palabras no creían que fueran ciertas, si pensamos en los cientos de miles de personas negras en entredicho. “A la vida, a la libertad y la búsqueda de la felicidad” no aplicaba a un quinto de la población del país. A pesar de que se les había negado la libertad y la justicia prometida para todos, los negros de este país creían fervientemente en el credo estadounidense. A través de siglos de resistencia y protesta, hemos ayudado a que el país alcance sus ideales fundacionales. Y no solo para nosotros: la lucha por los derechos para los negros pavimentaron el camino de cada una de las otras luchas por derechos civiles, incluidas las de las mujeres, la comunidad gay, los inmigrantes y las personas con discapacidad.

Nikole Hannah-Jones

Igual que la literatura negra estadounidense, las luchas sociales afroamericanas y las ideas detrás de ellas se ven desde las escuelas latinoamericanas como fenómenos lejanos y casi exóticos. No se estudian como lo que realmente son (conquistas universales) pues se trata de ideas, historias y voces “minoritarias” que enfrentan y corrigen la cultura “mayoritaria”.

Ganaríamos mucho en Latinoamérica si tendiésemos más puentes, no solo a la literatura afroamericana, sino a las luchas democráticas de esta comunidad.

Hora de dormir. Son casi las 4am y en unas horas voy de regreso a la universidad. Desperté a la medianoche por los nervios y acá estoy lidiando con el insomnio.

Domingo 18 de agosto / 2019 d.C.

Pequeños triunfos que solo me importan a mí. Comprar y leer en papel la edición inmensa del NYTimes alusiva a 1619, el año 0 de la esclavitud en este país. Trabajar todo el día editando un guión en google docs. Ver mi uso de Facebook reducido a 5 minutos sujetos exclusivamente a la historia que estoy editando.

No llevo la cuenta de hace cuánto tiempo no veo el newsfeed convencional de Facebook, ese río cargado de noticias, estados de ánimo y desperdicios. Así es como luce el mío después de haber instalado un bloqueador:

No sé nada de nadie en el videojuego. En el chat, un periodista me envía este mensaje:

En circunstancias normales, habría compartido la imagen en mis redes junto a un comentario, una crítica moralista. Ahora respondo al mensaje dentro del chat y nada más que en el chat.

Sábado 17 de agosto / 2019 d.C.

La película El último hombre negro en San Francisco cuenta la historia de un joven obsesionado con la casa que alguna vez le perteneció a su abuelo, un veterano negro de la Segunda Guerra Mundial. La casa es enorme y la perdieron los hijos, y ahora pasa de mano en mano, entre la gente que se muda a San Francisco, esa ciudad donde hay que ser necesariamente millonario para vivir en ella. El joven nieto ahora vive arrimado en la casa de un amigo, en un barrio negro y pobre frente a un mar contaminado y lleno de peces mutantes que no se puede comer. Y cada vez que puede va a la antigua casa familiar para comprobar que los dueños no la cuidan bien. Entonces, él mismo se pone a pintar los marcos de las ventanas, a cuidar esos detalles, incluso a pesar de que los propietarios lo amenazan con llamar a la policía.

Veo la película en una sala independiente del este de Filadelfia. Casi todos los espectadores son blancos. No hay nada extraño en esto, por supuesto, sino en que no haya público negro, sobre todo, considerando el contenido de la película. Pero tampoco esto es demasiado sorprendente. Ocurría lo mismo en Maine, donde películas como I am not your negro o Whose streets, my streets (sobre Black lives matter) atraían principalmente público blanco, que es el público que suele acudir a ver todas las películas que se exhiben en los barrios blancos.

Filadelfia es una ciudad segregada a la manera contemporánea. Nadie te prohibe ir a ningún lugar. El principal mecanismo de control es el dinero. Los barrios pobres suelen ser barrios llenos de familias negras o latinas, de alquileres baratos, casas que sufren públicamente el paso del tiempo y donde la municipalidad se demora en recoger la basura, y donde no hay cines independientes para que los vecinos vean las películas que narran vidas muy similares a las suyas. Las personas blancas se concentran en barrios geográficamente opuestos, muy bien cuidados, de alquileres caros, casas renovadas y donde sí hay cines independientes, como este cine, donde una porción de popcorn más refresco cuesta 20 dólares, lo mismo que cuatro pollos enteros en un supermercado popular. La división es muy nítida.

Cuando buscaba casa, varias personas en la universidad (que está en la calle 30 y alrededores) me recomendaron no mudarme más allá de la calle 39 porque esta marcaba el límite del sector seguro y el sector no tan seguro. Ese sector no tan seguro, entendería con el tiempo, es el sector negro, adonde finalmente me mudé. Los límites no son fijos por supuesto. Conforme los precios de las casas en el sector blanco aumentan, la ola de gentrificación avanza sobre el oeste de la ciudad y sus signos visibles son los anuncios de casas que se venden, construcciones, reparaciones, y vecinos nuevos como mi esposa y yo.

Viernes 16 de agosto / 2019 d.C.

Manejaba rumbo a la ferretería escuchando en la radio “Material girl”, de Madonna, e iba sumido en un viaje mental hacia los años ochenta, cuando era niño y cuando los Estados Unidos, como todo buen imperio moderno, era ese paraíso lejano que enviaba satélites al espacio y bombardeaba Latinoamérica con toneladas de música, películas y deseos lejanos. Ser astronauta era un sueño común de los niños de mi generación; también lo eran ir a Disney, conocer Nueva York, pisar este país que nos parecía de otro mundo, ultramoderno, rico, lleno de gente hermosa, es decir, blanca, la cúspide del desarrollo.

Estaba inmerso en esa burbuja de nostalgia cuando el semáforo cambió a rojo y me detuve detrás de una camioneta que llevaba una escalera en el techo. Y exhibía un sticker con la bandera confederada, ese símbolo de los estados del sur, que durante la guerra civil lucharon por mantener el régimen de esclavitud y que, siglo y medio después, recuerda los años en que las personas negras eran productos que se compraban y vendían como animales de trabajo. Llevar ese símbolo ahora significa muchas cosas. No solo la nostalgia del viejo orden de las cosas, o de la segregación (blancos a un lado, negros a otro) que le siguió a la abolición de la esclavitud, sino una actitud igual de extrema ante problemas contemporáneos como la crisis migratoria, es decir, las familias que huyen de la violencia en México y Centroamérica y buscan refugio a este lado de la frontera. Para los latinos, ese sticker se lee como un get the fuck out of my country. Lárgate de mi país.

Le tomé una fotografía muy deprisa y seguí al carro que, por coincidencia, también se dirigía a la ferretería. Tenía curiosidad por ver el rostro del conductor. ¿Cómo era esa persona para quien alguien como yo representa la invasión de su país, una amenaza a su identidad, la razón de sus desgracias? El tipo que descendió de la camioneta parecía una copia del estereotipo del gringo de clase popular que difunden las películas: blanco, barba rojiza, barriga abultada, tatuajes de calaveras, mondadientes en la boca. Pero sobre todo tenía un actitud o, más bien, un aura. Emanaba enfado, como un toro a punto de embestir. Por supuesto, esta es una interpretación influenciada por los estímulos de la mediósfera, la violencia política, los discursos de Trump, sus tweets, la polarización, las masacres recientes contra los latinos en este país. Me interesaba ver a esa persona para comprobar que era de carne y hueso, como yo, y no solo un monstruo imaginario. Fue difícil. Nos miramos brevemente desde las orillas distantes de nuestras identidades. Obviamente él no era un monstruo, solo un hombre de clase popular con la cabeza llena de ideas equivocadas y peligrosas. ¿Sería yo un monstruo para él?

Estamos en ese momento de la historia en que la cultura occidental vuelve a enredarnos en su trampa existencial, en su manera de plantear la vida y el progreso a partir de la lucha entre un ellos y un nosotros. Nosotros los que tenemos la razón, ellos los equivocados. El callejón sin salida. Incluso discursos tan bellos como el de la representante Alexandria Ocasio Cortez (tenemos que traer a esas personas de vuelta a través del amor) no pueden escapar de la dualidad. Nosotros tenemos que traerlos de vuelta, dice. Tan difícil como que aquel hombre del sticker y yo nos pusiésemos a charlar en un bar, no para encontrar un camino común, sino para que él deje el suyo y acepte el mío.

Jueves 15 de Agosto / 2019 d.C.

¿Muerde?, me pregunta un niño señalando con el dedo a Piji. El niño debe de tener unos siete años y ha corrido desde la vereda de enfrente. Lo siguen sus amigos o hermanos y una mujer que debe de ser la mamá de alguno o de varios o de todos. Piji olfateaba una isla de pasto al lado de la pista, la cola apuntando al cielo, con esa actitud de suma concentración con la que busca el lugar perfecto para hacer caca. Pero ahora tiene que interrumpir su rutina para recibir un repentino aunque acostumbrado baño de popularidad. Los chicos le acarician la cabeza, Piji les salta regalándoles su aliento caliente. La mujer me pregunta:

-¿Lo afeitas?

Piji es un perro carismático pero la razón de su popularidad casi siempre es su rareza, es decir, su falta de pelaje. No es la primera vez que me hacen esa pregunta en Filadelfia, donde las calles están salpicadas de variedades peludas que van desde los pesados labradores hasta los diminutos pugs, al lado de los cuales Piji es un extraterrestre sin pelo. Otra pregunta muy frecuente: ¿Qué le pasó?, como si su aspecto fuera el resultado de una penosa y extraña enfermedad. Pero la más recurrente es: What kind of dog is that? ¿Qué tipo de perro es? Y les explico. It’s a Peruvian Hairless Dog.

-A what?

-A Peruvian Hairless Dog. No hair.

Un Perro Peruano Sin Pelo. No tiene pelo. Aunque recientemente, en mérito a la brevedad y porque ya es obvio señalar lo del pelo, solo digo que se trata de un perro peruano. From Perú. Del Perú.

Piji espía a las ardillas durante horas con la misma atención de un adicto a Netflix.

Mi respuesta es una invitación a la conversación. El otro día el conductor de un camión de basura detuvo su vehículo en medio de la calle para piropear a Piji y para preguntarme qué clase de perro era. (Piji, literalmente, detiene el tránsito). Le expliqué que es un animal típico de la costa peruana y que hay quienes piensan que tiene propiedades curativas y su raza es patrimonio nacional. El compañero del conductor escuchaba atento y lanzó una pregunta que parecía una conclusión: ¿Y cuánto te costó? Tampoco es la primera vez que quieren saberlo.

-No me costó nada. Me lo regalaron.

El hombre me miró con una sonrisa de desconfianza, como si entendiera que no quería decirle la verdad. Nos despedimos al cabo de un rato. En este mundo material, los perros no solo son compañía sino un bien suntuario que describe tu economía, como un un reloj. Supongo que hay quienes piensan que he gastado una fortuna para obtener el perro más raro posible, lo que me vuelve una interrogante llamativa en este sector popular de clase trabajadora.

Vivimos en un barrio inmerso en un lento proceso de gentrificación, ese fenómeno que supone que las fuerzas del mercado toman edificios viejos, los renuevan, y reemplazan a los habitantes originales por gente joven y con más dinero. Hay muchas casas en proceso de refacción y algunos lotes vacíos donde germinarán futuros edificios. Los trabajadores de las construcciones cercanas me detienen algunas veces para pedirme una foto con Piji. Lo rodean, dicen whisky y enseguida les envías las fotos a sus familiares o novias o amigos. “Se parece al perro de Coco”, me dijo una vez un obrero mexicano. Pero ese perro tiene cara de tonto, pensé un poco humillado.

Los niños del barrio, cuando me ven caminando solo, a veces me preguntan “dónde está el calvito”. Y cuando estoy con él, se arrodillan al lado y le soban la piel. Un amigo chileno que vive en Nueva York vino de visita y atestiguó un típico momento en la vida de Piji. Cruzábamos los tres una calle, y un adolescente que venía en sentido contrario se paró a dos metros de nosotros y le clavó a Piji una mirada llena de amor. “Es un perro hermoso”, me dijo con un tono que revelaba cierto dolor, como si acabase de conocer exactamente lo que le hace falta en este mundo, su media naranja.

Según mi amigo Luis, Piji le había roto el corazón a ese muchacho. Se le notaba en los ojos, me dijo. Lo sé, lo sé, pensé. Llevo seis años registrando con sorpresa y cierta envidia los efectos que irradia mi compañero sin pelo. Un día ya no estará a mi lado y tendré el privilegio de ser el último al que le romperá el corazón.

* * *

Parte del clima social actual de los Estados Unidos se puede describir con un pequeño intercambio de comentarios que hallé de casualidad en Youtube. Veía un clip de la canción “Where is the love”, de Black Eyed Peas, en una versión llena de estrellas fechada en 2016. El tema describe la violencia racial en este país y sus productos (la polarización, la supremacía blanca, la marginalización de los negros) y se pregunta, obviamente, dónde demonios está el amor. Algo así

(…) Overseas, yeah they trying to stop terrorism
(Where’s the love)
Over here on the streets the police shoot
The people put the bullets in ‘em
(Where’s the love)
But if you only got love for your own race
(Where’s the love)
Then you’re gonna leave space for others to discriminate
(Where’s the love)
And to discriminate only generates hate
And when you hate then you’re bound to get irate
Madness is what you demonstrate
And that’s exactly how hate works and operates
Man, we gotta set it straight
Take control of your mind and just meditate
And let your soul just gravitate
To the love, so the whole world celebrate it

(…)

My mama asked me why I never vote never vote
‘Cause police men want me dead and gone (Dead and gone)
That election looking like a joke (Such a joke)
And the weed man still sellin’ dope
Somebody gotta give these niggas hope (Please hope)
All he ever wanted was a smoke (My gosh)
Said he can’t breathe with his hands in the air
Layin’ on the ground died from a choke
(Where’s the love)

Hace una semana, una persona dejó una pregunta entre los comentarios del video:

-¿Quién más vino por aquí después de escuchar sobre el tiroteo en El Paso?

Se refería a esa masacre en un supermercado Walmart de aquella ciudad fronteriza con México, donde un chiquillo blanco de unos veinte años entró a matar a personas de piel marrón. Era su granito de arena para acabar con lo que el presidente Trump ha llamado “la invasión”. Varias personas respondieron al comentario complementando y actualizando la pregunta: “y después del tiroteo de Ohio”, “y de la detención de inmigrantes en EEUU, los niños llorando por sus padres”, “tres tiroteos en una semana, donde está el amor realmente”, “el amor nos dejó cuando Trump entró en escena”.

El último comentario parece una respuesta a todos los anteriores y es de un troll o un bot, esos seres imposibles de identificar con una persona de carne y hueso, pues puede tratarse de una de las muchas cuentas que manejan las granjas de trolls que florecen en el mundo:

-Ustedes siguen culpando al maldito presidente por todo. Lo que hacen otros no es culpa del presidente. Jesucristo, qué estúpidos son todos ustedes.

No es la respuesta lo más indicativo sino el autor, si es que puede llamársele así a alguien que probablemente no existe pero que esparce una ansiedad muy real.

Miércoles 14 de Agosto / 2019 d.C.

Un tiroteo en el norte de Filadelfia, seis policías heridos hacia las 4 pm. Dos horas después, había medio centenar de vehículos de seguridad y los disparos continuaban. Los noticieros presumían (qué otra cosa pueden hacer cuando los hechos ni siquiera han terminado de ocurrir) que era un asunto de narcotraficantes vs. la policía. Tenía ganas de pasear esta noche y, aunque vivo en otro extremo, en el lejano oeste de la ciudad, decidí no salir con la misma resignación con la que se posponen los planes debido a la lluvia. Llovían balas.

* * *

Las trampas que dispuse el lunes cerca al tacho de basura y al lado de la refri seguían vacías esta tarde, pero un repentino hedor traía malas noticias desde dentro de la estufa, allí donde hace unos días vi ocultarse a un lindo ratoncito negro. ¿Sería posible que Micky Mouse hubiera dado allí su último suspiro? Iba a posponer el trabajo de averiguarlo para mañana, pero el olor iba en aumento como una ola que avanzaba por las escaleras, hacia la habitación. Cogí las herramientas del sótano, me puse guantes y dejé que un nuevo tutorial de Youtube me guiara en la delicada tarea de desarmar la estufa.

El olor escapaba a través de los agujeros de las hornillas, por donde sale el gas. Saqué tornillos y levanté con cuidado la plataforma. Allí estaba. Un ratoncito del tamaño de un dedo parecía dormir sobre la capa de aislamiento que protege el horno. ¿Habría muerto de viejo? ¿De susto? ¿De calor? Quizá habría quedado atrapado allí, sin posibilidad de salir, a la hora en que yo cocinaba. Lo tomé con cuidado y lo coloqué en una bolsa Ziploc que metí dentro de otra bolsa, con una mezcla de pena, asco y preocupación. Este ratón era de color plateado con la nariz rosada y las patas de tono marfil, muy diferente del ratón negro que originó esta historia. ¿Serían pareja? Como muchos humanos, ciertas especies de ratones son monógamas. Se emparejan para toda la vida. Me pregunto cómo ha tomado el ratoncito negro la noticia de su viudez.

Martes 13 de Agosto / 2019 d.C.

“Mientras más sofisticadas las armas de guerra, más obsoleta la idea de la guerra”. Toni Morrison.

* * *

Una mañana de febrero, en el aeropuerto de San Salvador, se formó una cola enorme para ingresar a la sala de embarque del vuelo que iba a traerme de regreso a los Estados Unidos. Los agentes exigían que los pasajeros nos pusiéramos en fila para pasar por un segundo control de rayos X, apenas unos cientos de metros después de haber atravesado otro. Había tiempo y aire acondicionado, así que tampoco se trataba de una tortura; sin embargo, un hombre empezó a gritar primero en inglés y luego en un español bastante rudimentario:

-Esto está malo -decía-. Esto está malo.

Era un tipo muy alto, fornido, de unos cuarenta años, en camisa floreada, como el estereotipo perfecto del turista blanco en el trópico, e iba acompañado de su esposa y un bebé que ella cargaba. La mujer no decía nada y miraba con seriedad el devenir de los hechos. Estaban justo detrás de mí, y los gritos eran molestos. Cuando un agente del aeropuerto pasó cerca, el hombre se plantó delante y le gritó:

-Esto está muy malo. Qué estar haciendo. Ustedes no saber manejar bien esto.

El agente era un joven que parecía tener preocupaciones más urgentes que escuchar a ese hombre y explicarle lo que parecía obvio. Seguridad. Mucha gente. Aeropuerto pequeño. Solo le dijo que pasaríamos pronto, que tuviera paciencia. El tipo no se quedó contento y continuó gritando, esta vez como para atraer inútilmente la solidaridad de los otros pasajeros. Nadie le hizo caso.

Intenté ponerme en una situación similar, pero esta vez en Estados Unidos. Un aeropuerto abarrotado, una fila, un agente de seguridad camina por mi lado y yo, latino de piel marrón y cabello negro, me planto delante de él y le grito:

-This is wrong! You people don’t know how to handle the situation.

Imposible. Ni se me cruzaría por la cabeza, pero si acaso me atreviese a hacerlo, el desenlace sería distinto. El agente me llamaría la atención, me exigiría respeto, llamaría refuerzos, habría consecuencias y, quizá porque he absorbido el miedo a la autoridad gringa, imagino que terminaría con el rostro sobre el tapiz del suelo.

Recordé aquella escena al leer un artículo sobre las protestas de Hong Kong. Cientos de jóvenes han tomado el aeropuerto de la isla para exigir que China cambie su actitud hacia este territorio. Vuelos pospuestos. Pasajeros afectados. Para graficar el malestar, el artículo incluye un par de videos de Twitter. Una mujer grita en inglés que tiene una hija. Un hombre empuja a los manifestantes y se les planta como para invitarlos a pelear a puño limpio.

Hay un detalle que resalta en ese mar de jóvenes chinos con el rostro cubierto (para evitar los sistemas oficiales de reconocimiento facial): los pasajeros que les reclaman son personas blancas, igual que aquel hombre del aeropuerto de San Salvador. El enfado de estos pasajeros es comprensible (quién no lo estaría en su situación); sin embargo, la manera que tienen de demostrarlo está respaldada por siglos de colonización y por un sentido práctico y seguramente inconsciente de que su enfado es especial y que no solo puede ser más enérgico e histriónico sino temerario.

Lunes 12 de Agosto / 2019 d.C.

Leía el periódico (en mi celular), en la mesa de la cocina, cuando advertí un movimiento discreto a través del rabillo del ojo izquierdo. Parecía un pixel mal calibrado en la burbuja de la realidad, nada muy llamativo como para distraerme de esta lectura tan interesante: un partido neonazi que en sus orígenes planteaba deportar a todos los inmigrantes llegados a Suecia desde 1970 obtuvo casi el 20% de los votos en las últimas elecciones en ese país. Lo que sea que se movía era realmente molesto, estaba en el suelo y parecía acercarse. Levanté la cabeza. Un ratón negro. Nariz blanca. Colita nerviosa. Me miró. Nos miramos. Se escondió en la cocina.

El inicio del conflicto es así de abrupto, ominoso, repentino. Los hombres hemos protagonizado esta guerra durante miles de años, y estamos programados para hacer lo que tenemos que hacer. La diplomacia es imposible.

Esta mañana, tras regresar de Nueva York, fui a comprar trampas a la ferretería. Aún se pueden hallar esos viejos dispositivos de madera y fierro que decapitan a los roedores de manera muy explícita. Prefiero los métodos más modernos, y en especial unas maquinitas que funcionan a pilas y que los fabricantes promocionan como el recurso más humanitario para acabar con ratas y ratones. Se llaman rat zapper y son una versión miniatura de la silla eléctrica: los intrusos ingresan atraídos por una golosina pero antes de poder disfrutarla mueren chamuscados de manera instantánea.

Cogí dos ejemplares y antes de pagar por ellos hice lo que suelo hacer: busqué tutoriales para ver cómo funcionan, si son prácticos, si valen la pena. Youtube está plagado de tutoriales donde gente de buen corazón comparte su sabiduría a cambio de un like, de un comentario positivo o de una recomendación. Quienes producen estos videos libran una batalla ardua por la atención de sus seguidores, y la competencia se traduce en creatividad y eventualmente también en temeridad.

El tutorial que encontré iba un paso más allá de la recomendación convencional, pues el autor no solo explica cómo usar la trampa eléctrica sino que te muestra cómo cocinar y comer a los animalitos capturados en ella, de manera que sus muertes tengan un propósito. El video ha sido visto más de nueve millones de veces y 43 mil le hemos dado un merecido like.

Domingo 11 de Agosto / 2019 d.C.

A y yo caminábamos desde el hotel a un restaurante, en Brooklyn, en una tarde fresca como una tregua inesperada dentro del verano que los científicos han documentado como el más caliente de la historia del planeta. Las personas llenaban las calles con una alegría que reflejaba cierta desesperación. Las veredas eran embarcaderos infatigables, los taxis traían gente sobria, recogían gente ebria. Las terrazas de los hoteles parecían conciertos al aire libre y la música a todo volumen se expandía hacia las avenidas.

Íbamos a cruzar una esquina cuando un hombre que corría se detuvo unos pasos delante de nosotros, en medio de la pista, y dándose la vuelta gritó:

-That’s all shit.

Vestía pantalón corto y camiseta, y parecía un joven profesional con la ropa adecuada para la oficina pero equivocada para salir a trotar. Llevaba unos audífonos enormes como los que se usan en las cabinas de radio.

-I listen to Bowie, Prince, George Michael -añadió-. You’re talking shit. You are shit.

Lucía enfadado como si nos hubiera escuchado proferir algún sacrilegio contra sus ídolos musicales. A y yo hablábamos en español, o en esa mezcla de inglés y español que es nuestro idioma familiar. ¿Quizá le desesperaba esto? Acaso solo estaba confundido debido a las drogas. No entendí lo que siguió gritando pero por un momento temí que iba a atacarnos. Mi mente proyectó una serie de movimientos de defensa personal inspirados en películas de Van Damme que, por suerte, no fue necesario llevar a la práctica. El hombre nos miró unos segundos más y luego siguió su camino. En la calle siguiente, pasó al lado de una pareja de hombres negros a quienes les gritó también. La pareja tampoco le hizo caso.

Era raro. No parecía un hecho real sino una falla de programación de los circuitos de la vida, como si el personaje de los audífonos se hubiera teletransportado desde otra dimensión aprovechando un agujero en el tiempo y el espacio. Pasado un breve instante de desconcierto, seguimos nuestro paseo.

* * *

Por la noche, una obra de teatro. Se llama Fairview y el guión ganó un premio Pulitzer. Una familia negra (papá, mamá, hija, tía) se reúne a celebrar el cumpleaños de la abuela. Mientras realizan los preparativos y discuten, clásico deporte familiar, las voces de cuatro personas blancas que no vemos fluyen por los parlantes. Se preguntan de qué raza les gustaría ser si pudieran elegir. ¿Asiático? ¿Latino? ¿Eslavo? ¿Afroamericano? Sí, afroamericano.

En la siguiente escena, a las cuatro personas blancas se les ha cumplido el deseo y ahora encarnan, sin dejar de ser blancas, a cuatro integrantes de esa familia negra. Nadie en la familia parece notar la suplantación absurda. El tío negro ahora es interpretado por un hombre rubio que actúa como él cree que se comportan los hombres negros (camiseta de basquet, botella de aerosol, collares de oro): se agarra los testículos, dibuja un pene en la pared de la sala. La amiga que llega de improviso salta por los sofás echándose confeti. La abuela negra ahora es esa mujer blanca que se sube a la mesa para bailar como si estuviera en un cabaret antiguo. La cena apacible y corriente termina convertida en una batalla campal donde las personas blancas luchan por el protagonismo.

Entonces la hija adolescente se aparta del alboroto y, con esa distancia, descubre el problema. La mujer blanca que salta en la mesa no es su abuela: es una mujer blanca disfrazada de su abuela. La chica mira al escenario. ¿Nos hemos dado cuenta de la suplantación? ¿Nos damos cuenta de lo que ocurre? Se dirige a las personas blancas del público: ¿se atreverían a subir al escenario? La interrogante parece parte de la obra, pero la chica abandona el tabladillo, se mueve entre las butacas del teatro y vuelve a preguntarles a los espectadores: ¿ustedes, personas blancas, se animarían a subir al escenario?

Hay una breve corriente de duda. Un silencio. Un rato después, las personas blancas se levantan de sus asientos y desfilan al escenario, lo llenan, mientras los actores negros van en sentido contrario y se sientan en las butacas, junto a las personas de color, my lovely colored people, como nos llama la actriz, que monologa en una especie de trance, y que ora se dirige a las personas blancas (para que se preocupen por ser conscientes de sus privilegios y de su fragilidad) y ora a las personas de color para crear una conexión de energía entre todos.

Estamos frente a frente, las dos grandes ficciones que definen la demografía de este país: gente blanca y gente no blanca. Nos miramos los unos a los otros. El momento es tan emocional que muchas personas en ambas orillas lloran. La obra termina. Aplaudimos. Trescientas personas en el teatro deben de haber producido trescientas interpretaciones particulares. ¿Cuántas de esas interpretaciones se cruzan en zonas de consenso? Nos marchamos sin saberlo, cada quien por donde vino.

Sábado 10 de Agosto / 2019 d.C.

Una mujer conducía una camioneta en la avenida principal de Lewiston, una pequeña ciudad de Maine, en el extremo noreste de los Estados Unidos, cuando un niño cruzaba la calle rumbo a la escuela. La mujer no lo vio o, si lo vio, no reaccionó a tiempo y lo mató. El chico se llamaba Jayden Cho-Sargent y tenía trece años. Los diarios locales reportaron el hecho como un caso fatal de negligencia, un incidente más en la lista interminable de incidentes causados por conductores despistados.

Me enteré del caso no a través de los diarios sino porque Kellie Folley, la madre de Jayden, decidió marcar el lugar de la muerte de su hijo colgando en un poste de luz docenas de muñecos de peluche. Un día que pasé por allí me llamaron la atención esos juguetes, y en especial la actitud de tristeza que el tiempo proyectaba en ellos. También había una cruz y el nombre de Jayden escrito con pintura negra.

Ciudad de Lewiston. Foto: Sun Journal

La madre quería que la municipalidad local le concediera un espacio en un parque cercano para colocar una placa recordando a su hijo y las circunstancias de su absurda muerte. No sé en qué terminó la gestión. Pero cada vez que pasaba por esa avenida con mi carro bajaba la velocidad para ver si los juguetes seguían ahí. A veces me detenía para mirarlos de cerca, y para notar los efectos del paso de las estaciones sobre la felpa y sobre el semblante de los muñecos. Un día, mucho tiempo después, los juguetes simplemente ya no estaban allí. Un vecino me contó que la municipalidad había insistido en que la madre los retirase. Algunas personas se habían quejado. Ya era suficiente tiempo, argüían, y ya no querían más esa visión triste.

Eso ocurrió hace un par de años. Ahora vivo en Filadelfia, una ciudad grande, muy grande, en comparación con las diminutas metrópolis de Maine. Esta mañana, mientras paseaba con mi perro Piji, encontré un poste del barrio decorado con muñecos, muy similar al que la madre de Jayden había adornado. El poste no tiene carteles ni mayor información, y está en una avenida amplia de casas populares que miran al campo deportivo de una escuela. Tomé algunas fotos. Pensé en la madre de Jayden y en su pérdida. ¿Cuál sería la historia y el luto detrás de estos muñecos?

Filadelfia

Muchas personas que han perdido parientes en las carreteras de América Latina marcan los lugares con cruces. A veces construyen edificios diminutos que hacen pensar en capillas o tumbas. Esas marcas, como los postes llenos de osos de peluche, son puertas a una dimensión mágica donde las personas depositan la historia de lo ocurrido pero también sus sentimientos: dolor, rabia, desesperación. De lejos, los que solo vamos de paso, no siempre advertimos el enigmático trasfondo de esas presencias.

* * *

El hecho es que estoy intentando (luchando) dejar las redes sociales. Este diario público es una herramienta más en pos de la redención digital. Estar aquí, escribir aquí, publicar aquí e incluso interactuar aquí, supone no estar en las otras plataformas. Twitter y Facebook, principalmente. Tomé esta decisión hace casi dos semanas. Transcribo una entrada de mi diario personal:

29 de Julio. 11pm. Soy un adicto a las redes sociales. Paso horas en ellas saboteándome, saboteando mi trabajo, mi vida, incluso mis relaciones con otras personas.

He vuelto a ese estado de dependencia que intenté dejar tantas veces. Escribo un post tras otro sobre acontecimientos que ocurren a más de seis mil kilómetros de distancia, en el Perú. Ahora estoy en Maine, en una residencia para artistas, y cada día es una lucha entre el Marco que quiere editar su nuevo libro y el Marco cuya mente está ahogada en el río infinito de publicaciones de las redes sociales, y que escribe críticas morales sobre lo mal que está el Perú. Jugando a ser un personaje. Jugando en este videojuego.

Acabo de salir de mis cuentas en la computadora y en el teléfono, instalo bloqueadores, pero no tengo seguridad de que mañana no volveré a ellas. Racionalmente no lo quiero. Pero la adicción no tiene que ver con lo que uno quiere sino con lo que se está acostumbrado a hacer. “Nuestra relación cultural con estas herramientas es complicada por el hecho de que mezclan daño con beneficios”, dice sobre las redes sociales el psicólogo Cal Newport, en su libro Digital Minimalism, que he comenzado a leer con desesperación de enfermo.

El yo que sale a las redes sociales no expone estos dilemas, ni este dolor, solo una imagen falsa, un avatar. ¿Tengo que rescatarme? Este soy yo:

Ese es el problema. Las redes sociales son un establo inmenso; y las personas, los animales que producimos ese recurso valiosísimo: nuestro propio tiempo. Vivimos inmersos en una economía extractiva de la atención, como le llama el diseñador Tristan Harris a este sistema en el que nos movemos con una mezcla de ingenuidad, buena fe y desesperanza. Las corporaciones extraen recursos del planeta sin importar el mañana. Las tech-comp extraen atención (las horas interminables que pasamos ante las pantallas) sin importar la salud mental de las personas. “Human downgrading is the global climate change of culture”, dice Harris, ese Quijote que predica por una tecnología más útil y menos destructiva; perdón, distractiva; perdón destructiva.

Era (soy) de las personas que iba con el teléfono a todos lados: al baño, a comer, a caminar. Nada fuera de lo común. Un semáforo en rojo era una invitación a chequear mis likes. Llegar temprano a una cita, una oportunidad para estar un ratito más en Twitter. Un breve silencio a la hora de la cena, un tácito permiso para bajar la mirada y revisar las notificaciones en Face. Lo normal, pues.

Las últimas dos semanas han sido una lucha minuto a minuto contra la ansiedad. ¿Qué están diciendo en Twitter los que siempre dicen cosas? ¿Qué está compartiendo la gente en Facebook? Algunas personas me escriben por whatsapp, por DM, al chat:

Son invitaciones para entrar en las redes y comentar, compartir, escribir lo primero que se te viene a la cabeza, que casi nunca es lo mejor que uno puede ofrecer al pequeño mundo donde cada quien se mueve. Lo he hecho tantas veces. Los primeros días de abstinencia son duros.

30 de julio. Tengo ganas de entrar a Facebook todo el día. Leo un artículo de José Carlos de la Puente sobre Hipólito Unanue el prócer de la independencia y su contradictoria posición de esclavista, y quisiera compartirlo en Facebook, pero hacerlo significaría echar otra vez una bola de nieve.

Me pregunto qué pasará con todas esas cosas que solía apoyar o rebotar en mis redes, en mi Facebook, principalmente, donde acabo de llegar a los 17.000 seguidores. Todo un logro. Toda una audiencia.

Veo el debate entre los precandidatos presidenciales del Partido Demócrata y no puedo compartir mis comentarios en Twitter. Ni chistes. Deberían retirarse todos esos viejos inútiles, menos Bernie y Warren, claro.

Mi esposa me preguntó hace unos días si estaba deprimido, que qué me pasaba. El cambio en mi ánimo era notorio, pero no encontraba la manera de verbalizarlo hasta ayer, cuando salimos los dos a caminar junto a una amiga que pasó de visita por la casa. Hablábamos de las redes sociales, de la adicción, de cómo estamos librando cada quien nuestras batallas.

¿Cómo te sientes?, me preguntó S, esta amiga. La tarde era hermosa. El sol caía en diagonal sobre los edificios de ladrillo de West Filadelfia y proyectaba sombras triangulares sobre las veredas vacías de gente. El paseo parecía ocurrir en una de las pinturas de Giorgio de Chirico, esas donde las estatuas parecen dialogar con los edificios a través de la luz y la penumbra. “Siento como si estuviera sanando de una larga fiebre”, le dije. “De hecho, ahora me siento como un enfermo que vuelve a salir a la calle después de mucho tiempo”. Nos reímos pero me quedé pensando en esa imagen. Tras varios días fuera de las redes sociales tengo una agradable sensación de vacío y debilidad.

Philly, ciudad de Rocky Balboa

No es la primera vez que he intentado dejar las redes (vaya manera de llamarlas). En mis diarios tengo entradas de hace 4 ó 5 años muy similares a las que ahora comparto. ¿Qué es diferente ahora?

Es el miedo. Miedo a esta ola gigantesca de distracción de la cual soy parte. Miedo a perder el control o haberlo perdido y no poder recuperarlo. Miedo a pensar en cosas que no quiero pensar y que esta actitud errática sea la columna vertebral de lo que hago en el mundo. Trabajar gratis para Facebook y Twitter. Que mi principal actividad sea poner contenido en estas plataformas para que otras personas, igual de enganchadas, lean y comenten y se motiven a publicar más cosas para que otras persones lean y se enganchen y le den like mientras las plataformas y sus algoritmos, cual establo universal, ordeñan nuestra información, qué hacemos, qué no hacemos, qué pensamos, cómo pensamos, y las ponen en subasta sin darnos nada a cambio más que las distintas recompensas que cada quien cree que obtiene: información, entretenimiento, una audiencia.

Es increíble. Si usaba mejor ese tiempo a lo largo de estos últimos años, ¿habría terminado de escribir las cosas que quiero escribir? ¿Habría trabajado más, ganado más, amado más y mejor? La respuesta no es tan sencilla pues la interrogante contiene una trampa. La relación entre las personas y las redes es una relación de poder desproporcionada. Suponer que toda persona tiene en sus manos la posibilidad de dosificar sanamente su presencia en las redes sociales es como confiar en que uno puede tener una relación controlada con la heroína. El historiador Yuval Noah Harari y Tristan Harris lo explican mejor en esta conversación con el editor de la revista Wire: las compañías de tecnología digital están aprendiendo a hackear el cerebro humano.

¿Debería preocuparnos lo que las redes (y los consumidores) están haciendo con nuestras cabecitas tanto como nos preocupa lo que las industrias (y los consumidores) hacen con el planeta?

Supongo que hay que hallar la manera de desenchufarse. De rescatarse. Diseñar una nueva manera de estar en el mundo. Imaginar que es posible despertar cada mañana sin que lo primero que nuestro cerebro exija sea conectarse un poquito, solo un poquito más, incluso antes de que nos miremos la cara en el espejo. 😦

2 Comentarios

  1. Anónimo dice:

    valiente valiente valiente

  2. patriciaarregui dice:

    Incluiste chats de grupos de whatsapp? Aún no tomo decisión de desengancharme, pero intuyo la ansiedad que me producirá el atreverme a hacerlo. Salir de casa olvidando el celular … ufff…. solo superado por salir sin aretes.

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