¿De qué manera la comida permite que los limeños convivamos y vivamos en una ciudad que no enamora a primera vista? ¿Será porque nuestros ojos están fijos en el plato? ¿Qué tiene que ver Abimael Guzmán con el boom de la cocina? ¿Dónde estaba escondida la comida peruana cuando en Lima estallaban las bombas y no había escuelas de cocina? La segunda edición de Journey’s, la revista del Smithsonian Institute, está dedicada por completo a los países integrados por lo que queda del Camino Inca. Participé en este número con un ensayo personal sobre Lima, los limeños y la comida.

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El artículo es a la vez una guía personal por los lugares que uno puede visitar para entender de qué trata, de dónde viene y adónde va el boom.

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El ensayo se puede leer completo en la web de la revista. Así empieza:

The first time I went out to eat in Lima, it was in secret. It was the start of the 1980s, and Peru was in the midst of a civil war. There were blackouts and curfews—and very few people went out after dark. At the time, I was four years old, and my only friend was a man who worked as a sort of assistant to my father, who was raising four of us alone and needed the help. The man’s name was Santos. Santos was about 30, and he had a huge appetite. Like millions of other Peruvians who’d fled the violence unfolding in the countryside, we’d recently migrated to Lima from a town deep in the Andes. We all missed home. But at night it was Santos who always seemed most heartbroken. When I asked him why, he said that he no longer savored his food

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