Captura de pantalla 2015-01-24 a las 1.08.51 PMToño Angulo Daneri es un editor, periodista y amigo que vive en España, y desde hace un buen tiempo anda metido en cosas raras. La más extraña, quizá, es una revista gigante, de 140 páginas por edición, y donde se defiende el derecho de leer, a secas. Ensayos, crónicas, cuentos y más etcéteras. La revista se llama El Estado Mental, está disponible en el AppStore para leer en la tablet o en la computadora (la suscripción por diez números es a precio de regalo).

Cada día, en la web del EEM, aparece un texto nuevo dentro de la sección dietario. Toño conoce las penurias que padece mi perro sin pelo, peruano como Toño y yo, en el crudo invierno de Maine, y me invitó a participar en El Estado Mental con la siguiente historia:

El perro con botas

“Esta mañana no hay agua en casa. Ni desayuno con café. Ni la más remota posibilidad de lavarse la cara. El invierno, cada vez más precoz, cada vez más raro, ha congelado las tuberías. La vida es dura en Maine y la refrigeradora no ayuda. Conserva restos de la cena de anoche, cuatro chuletas, medio tomate, una reserva de ají amarillo. Pero ni una sola gota de nada bebible. Miro la nieve a través de las ventanas con sed. ¿Y si recojo una porción, la derrito y me la bebo?

La vida en el hielo requiere ingenio. También calzoncillos largos. Una cosa es pasar unos días de sano turismo jugando al aventurero polar en lo queda del nevado más cercano, y otra muy diferente es comenzar tus mañanas sabiendo que te esperan semanas, años y quizá toda una vida en un lugar que buena parte del tiempo es un frigorífico. Tienes que conseguir ropa interior especial, zapatos con clavos, chaquetas de plumas, bufandas, gorras, orejeras; y luego debes acostumbrarte a invertir más minutos de tu vida para vestirte como un mullido muñeco de verdad.

Si adaptarse a este ambiente le resulta difícil a una persona, no imagino lo que esta experiencia glacial debe costarle a mi fiel perro peruano sin pelo. Un animal cuya genética le permite correr libre y desnudo en los cálidos desiertos al sur del Ecuador ha terminado convertido en un involuntario mártir de las nieves, un embajador patrio al que con frecuencia se le congelan las pelotas”.

El artículo completo se puede leer en El Estado Mental.

 

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