0001Publiqué este artículo en la revista Vamos, de El Comercio, en Lima. Poco después algunas personas me escribieron para contarme que estaban pensando viajar a Maine, donde vivo.

“Estimado Marco, con un amigo de infancia y compañero de promoción de colegio estamos organizando hacer “el viaje” y uno de nuestros destinos es Maine, específicamente a Boothbay Harbor y me gustaría contar con su apoyo para que nos oriente cómo llegar desde Augusta a Boothbay, hoy leí su artículo “Por qué me mudé a Maine” en el suplemento Vamos y la verdad me encantó. Estamos yendo a un estado con mucha naturaleza, mejor es ir en tren o bus y si conoce algún hospedaje para ir?, sé que de Augusta, a donde llegamos en avión desde Vancouver-Canadá hay algo así de 60Km, nosotros somos actualmente jubilados y tenemos 64 años. Mil disculpas por molestarlo, trabaje 25 años en el BCP y por 15 años tuve mi empresa de servicios de informática, las gracias de antemano y saludos”.

Con suerte, este lector, Piji y yo nos encontraremos para conocernos e intercambiar historias. El texto sirvió para algo.

Dice así:

En el pueblo donde vivo, en Maine, los vecinos no conocen al panadero. El

hombre hornea los panes durante las madrugadas. Los ordena en un anaquel. Abre la

puerta al público y luego se marcha hasta el otro día. Nadie se queda a cargo de sus

panes y galletas. No hay cajero ni vendedor ni vigilante. Sólo una caja de lata con

monedas y billetes. Los clientes escogen el pan que más les gusta y luego dejan el

dinero. La primera vez que conocí The Black Crow, como se llama el local, fui

acompañando a mi suegro. En la caja de lata había unos cien dólares.

–¿Y a nadie se le ocurre robarse el dinero? –pregunté.

Jim me miró a los ojos con reprobación. En la ciudad donde viví –le

comenté–, algo así sería imposible. Una locura. Pero en Maine, el estado más rural

de los Estados Unidos, y cuyo territorio está cubierto de bosques en un noventa por

ciento, The Black Crow no es el único negocio basado en el sistema de confianza.

Un vecino mío cría gallinas ponedoras. Cada vez que necesito huevos, voy a su casa,

entro en la cochera y cojo un paquete de los muchos que hay en el refrigerador.

Antes de irme dejo tres dólares en una botella de vidrio.

Ocurre lo mismo cuando voy a comprar manzanas, calabazas y cebollas a la

granja Applewald. Cojo lo que necesito, dejo el dinero, me voy. Una vez un

periodista del Maine Sunday Telegram le preguntó al dueño de The Black Crow por

qué no tenía empleados. Si los tuviera, respondió, el pan tendría que costar más caro.

Era lógico. La honestidad es un buen negocio para todos.

Me encanta la manera en que los vecinos de Maine se respetan unos a otros.

Para comenzar, no se roban a la menor oportunidad. Hay algo mágico en este mundo

bucólico y rural que te hacer creer que la vida aún puede ser pura. Me mudé aquí a

mediados del 2014, después de haber vivido casi toda mi vida en Lima, esa ciudad

desordenada e intensa de casi diez millones de personas. Mis motivos eran de

comedia romántica: mi novia vivía aquí. Dejé mi casa, mi profesión y partí junto a

mi perro sin pelo en pos de una nueva vida. Conocimos la nieve. Me casé. Dos años

después, no me arrepiento. Pronto A. y yo tendremos una casa para invitar a los que

quieran venir.

¿Qué podemos hacer en Maine me preguntan los amigos? ¿Pelarnos de frío?

Maine es célebre por sus estaciones extremas. El invierno es helado. Los bosques se

cubren de nieve. Las pistas se vuelven resbalosas. La gente se abriga en casa y se

reúne alrededor de las chimeneas. Mi perro sin pelo tendría que sufrir, por lógica.

Pero por fortuna existe la ropa abrigada. No necesitas más que una chaqueta y

guantes para salir a disfrutar. O puedes hacer lo que mi esposa y yo: comprar esquís

y divertirte como niño deslizándote por las colinas. Eso les digo a mis amigos.

Si vienes en verano, en cambio, trae ropa ligera y prepárate para ir a las

playas y a los lagos. Podemos pasear en kayak, comer langostas y hacer fogatas

hasta la madrugada. Y si nos ponemos exquisitos, podemos visitar los restaurantes

de Portland, una ciudad al filo del mar que tiene la comida marina más fresca que

puedas imaginar. Muchos cocineros de todo el país han descubierto en Maine el

paraíso (buenos ingredientes y gente que disfruta saliendo a comer) y están creando

un boom culinario que nada tiene que envidiarle al boom de Lima (sin ofender).

Si se trata de beber, las cervecerías artesanales locales han creado legiones de

seguidores como si fueran equipos de fútbol. Mi esposa y yo solemos llevar a los

amigos al bar de la cervecería Oxbow, en un pequeño bosque de un pueblo llamado

Newcastle. Compramos ostras en el camino. Y nos sentamos a beber y comer y

charlar mientras miramos cómo las hojas caen de los árboles. ¿Hay algo más

emocionante que eso?

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